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Experiencias

Casa de Cultura Fazenda Roseira: un espacio de encuentro y resistencia en Campinas

PorPor IberCultura

EnEm 22, Sep 2015 | EnEm | PorPor IberCultura

Casa de Cultura Fazenda Roseira: un espacio de encuentro y resistencia en Campinas

Campinas no es solamente una ciudad. Son varias las ciudades que se encuentran y desencuentran en la que fue una de las últimas en abolir la esclavitud en Brasil. Su organización espacial deja clara la diferencia de realidad de una región a otra. De un lado de la Vía Anhanguera están las mejores escuelas, los equipamientos públicos de cultura, deporte y recreación. Del otro, las ausencias.

“Campinas nos impone definir desde muy temprano de qué lado uno va a caminar”, afirma la historiadora Alessandra Ribeiro Martins, doctoranda en urbanismo y gestora de la Casa de Cultura Fazenda Roseira. “Existe un territorio, una división espacial muy expresiva. La ciudad se fue delineando y la población dirigiéndose hacia el lugar que pensaban ser adecuado. La vida de quien está de un lado de Anhanguera es muy diferente de la vida de quien está del otro lado de la vía.”

Esa división, según Alessandra, hizo con que mucha gente estuviera excluida en el campo de las políticas públicas culturales y, al mismo tiempo, se enterara muy temprano de que tenía dos caminos a seguir: o se reconocía como un todo para intentar buscar mejoras o estaría abandonada al margen. “Es casi imposible encontrar un campineiro que no quiera Campinas. Aunque tenga muchas dificultades, la quiere. Y si la quiere, se apropia del lugar.”

O jongo nas ruas de Campinas. Foto: Robson Sampaio

La Comunidad Jongo Dito Ribeiro en las calles de Campinas. Foto: Robson Sampaio

Ocupando territorios

En la región noroeste, la periferia de Campinas, se organizó en 2008 un espacio de encuentro, educación ambiental y cultura afro como referencia agregadora en la ciudad: la Casa de Cultura Fazenda Roseira. El caserón, construido a finales del siglo 19, era la sede de una hacienda que fue transformada en equipamiento público en 2007. Esa antigua hacienda de café generó tres barrios de Campinas: Jardim Roseira, Villa Perseu Leite de Barros y Jardim Ipaussurama.

La Casa de Cultura se encuentra en Jardim Roseira y desde 2008 es ocupada y gestionada por la Comunidad Jongo Dito Ribeiro junto a otras organizaciones colaboradoras. Allí se desarrollan varias actividades que recuperan la cultura ancestral del jongo, saludando a quienes llegaron antes y estrechando los lazos con la comunidad.

Además de las ruedas de jongo, cuentan con festejos, arraiais, feijoadas de resistencia, ruedas de capoeira, proyectos con los más mayores, proyectos con los más jóvenes, debates sobre tecnología, debates sobre ancestralidad. El objetivo según ellos “es escribir y reescribir la historia del jongo en Campinas de modo que la manifestación cultural sea expandida y respetada en sus más variadas formas.”

Con alegría, afecto y buenas energías, esa comunidad liderada por mujeres negras – entre ellas, Alessandra Ribeiro – trabaja desde el año 2002 para mantener viva la llama del jongo, llevando las ruedas de toque, canto y danza a los más diversos espacios, a personas de diferentes edades, profesiones, credos y etnias.

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El Círculo de Mãe Preta, en noviembre de 2014. Foto: Neander Heringer

Patrimonio inmaterial

En 2005, el jongo del Sudeste de Brasil fue reconocido por el Instituto del Patrimonio Histórico y Artístico Nacional (Iphan) como patrimonio cultural brasileño de naturaleza inmaterial. Su origen está definido de manera antagónica por dos corrientes. La más reciente defiende que el jongo resulta del contacto entre los esclavos y los dueños de la tierra, en el siglo 19, en el área cafetera del Sudeste brasileño. La otra afirma que vino de África, de la región de Congo/Angola, y llegó a Brasil con los negros bantos que trabajaban en las haciendas.

Considerada una especie de “padre del samba”, esta manifestación cultural cuenta con tres elementos fundamentales: el canto, la danza y la percusión. El canto, los denominados “puntos”, mezclan metáforas y dialectos de la lengua banto. Los tambores,  hechos en su mayoría de manera artesanal, también traen un vínculo con los ancestrales.

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Noche de fiesta: «Arraial Afro-julino» en la Casa de Cultura Fazenda Roseira

Días de fiesta

En la Casa de Cultura Fazenda Roseira, donde la Comunidad Jongo Dito Ribeiro se reúne desde 2008 (antes el grupo se encontraba en el patio de la casa de Alessandra), las ruedas de jongo son semanales, abiertas a quienes quieran participar. Los practicantes intercambian experiencias y saberes, dialogan y aprenden sobre el jongo y sus formas de tocar, cantar, tirar pontos y danzar.

Una vez al año, el tercer domingo de marzo, la Feijoada das Marias do Jongo homenajea a las mujeres de la comunidad con una fiesta entre colaboradores, amigos y la población en general. Las entradas, vendidas a precios populares, ayudan a arrecadar recursos para la comunidad. La audiencia media es de 1.000 personas.

El segundo sábado de julio es la vez del Arraial Afro Julino, fiesta que empieza con oraciones a San Benedito y cuenta con presentaciones artísticas de grupos del estado de São Paulo. Además de hoguera, tiendas con comidas típicas y artesanías, se arma una gran rueda con la presencia de las comunidades de jongo de la región, como la de Tamandaré (Guaratinguetá), madrina del Jongo Dito Ribeiro. Cerca de 3 mil personas participan del evento, cuya entrada es 1 kilo de alimento.

El 20 de noviembre, Día de la Conciencia Negra en Brasil, la comunidad realiza un círculo en frente a la iglesia San Benedito, donde Dito Ribeiro dedicó su devoción a Mãe Preta. También en noviembre la Casa de Cultura realiza la exposición “Soy África en todos los sentidos”. Son 20 días de exposición, debates, películas e intercambio de saberes sobre la presencia negra.

A cada fiesta, a cada encuentro, allá están todos de la mano repitiendo el coro liderado por Alessandra:  “Eu pego a sua mão na minha / Para que juntos possamos fazer / Aquilo que eu não posso fazer sozinho” (Tomo su mano en la mía/ Para que juntos podamos hacer/ Aquello que no puedo hacer solo). Una vez más, y otra y otra, y todos se sienten unidos en la ciudad dividida. Saravá.

 

(*Texto publicado el 22 de septiembre de 2015)

 

Sepa más:

https://comunidadejongoditoribeiro.wordpress.com/

www.facebook.com/pages/Comunidade-Jongo-Dito-Ribeiro

 

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Alê, la jongueira que puso a la familia a volver a tocar el tambor

 

Alê, la «jongueira» que puso a la familia a volver a tocar el tambor

PorPor IberCultura

EnEm 22, Sep 2015 | EnEm | PorPor IberCultura

Alê, la «jongueira» que puso a la familia a volver a tocar el tambor

Alessandra Ribeiro Martins es descendiente de una de las mayores familias negras de Campinas (São Paulo, Brasil). Una familia diferente de la mayoría de las familias negras, pues nunca tuvo un alto grado de vulnerabilidad. Aunque sus antepasados hayan vivido como esclavos en aquella región, siempre tuvo la educación y la cultura como elementos fundamentales en la organización familiar. Desde los tiempos de la tatarabuela. “Hoy hago doctorado y creo que no es más que mi obligación, porque tengo otras referencias de acceso al espacio académico, un tío médico, un tío abogado…”, afirma.

Los valores incorporados en este proceso de organización familiar, sin embargo, no fueron los valores habituales de las culturas de matriz africana. “Todo lo que tenía que ver con terreiro, con tambor, era guardado en el desván”, cuenta. “Desde temprano sabemos lo que es “tomar pase” (práctica común a algunas religiones, semejante a una bendición), desde temprano tenemos una relación con la espiritualidad, pero eso siempre estaba guardado. Fuera del desván, todos iban a la iglesia, todos eran católicos apostólicos romanos.”

Así era hasta que Alê se dio cuenta de que había nacido “un poco diferente”, con la misión de traer de vuelta a la familia la belleza de la cultura afrobrasileña, el compromiso de cuidar de una tradición que estaba adormecida. “El jongo llegó a mi vida con tanta afectividad que nos contaminó a todos”, recuerda. “Rápidamente, las personas ya estaban en los tambores de nuevo, aunque sin saber por qué tenían que tocarlos.”

En nombre del abuelo

El jongo entró en la historia de Alessandra por medio del abuelo Benedito Ribeiro, el “Dito”, que llegó a Campinas en la década de 1930, venido del interior del estado de Minas Gerais. Era el único de la familia que tenía interés en esa manifestación cultural con elementos de danza, canto y percusión. “Después de su muerte, nunca más nadie hizo nada”, afirma Alê.

En búsqueda de la historia del abuelo, Alessandra empezó a circular por la vida cultural de Campinas, atrás de aquellos que también tocaban el tambor, de aquellos que trabajaban con las culturas populares, con las culturas de matriz africana. Acabó formando un grupo en el patio de su casa, en 2002, con el cual hizo un homenaje al abuelo: Comunidad Jongo Dito Ribeiro.

“Instintivamente intenté fortalecerme, viendo cómo las personas de aquel universo trataban la cultura no como un elemento más de la vida, sino una parte efectiva de ella”, dice. “Hoy, lo que hago en el universo cultural de mi comunidad es lo que hago en mi vida. Y esa vida de cultura me va llevando a los espacios. Fui a la academia por causa del jongo.”

Foto: Oliver Kornblihtt

Foto: Oliver Kornblihtt

Cultura y política

Buscando entender por qué la familia había parado de tocar el tambor, Alê entró en la Facultad de Historia en 2005, a los 26 años. “Yo tenía una cierta rabia guardada. Pensaba: ‘mi familia abandonó la tradición, ¡qué horrible!’ En la facultad entendí que existen políticas, que existe un pensamiento más global que involucra a una población, que les impone valores y maneras de mirar las cosas…  Cuando me di cuenta de eso, y vi que eso pasa en la práctica, en el escribir, en el pensar sobre cultura, empecé a caminar en el lado más político de la cultura, a intentar hacer algo para tener representación.

En 2008, por una decisión política, la Comunidad Jongo Dito Ribeiro salió del patio de la casa de Alessandra y fue al espacio público de Fazenda Roseira, en la región noroeste de Campinas. “Ahí empecé a entender que más allá de participar de la política es importante intervenir en ella. Y que no es porque un día alguien escribió un papel que aquello no pueda estar equivocado. Somos humanos, cometemos errores. Más que acusar, que decir que aquello está errado, siempre me presenté como alguien que quiere contribuir.”

 

Protagonismo

Lideranza de la Comunidad Jongo Dito Ribeiro, gestora de la Casa de Cultura Fazenda Roseira, Alessandra es hoy doctoranda en urbanismo por la Pontificia Universidad Católica (PUC-Campinas). Con experiencia en investigación en cultura negra, territorio e identidad, es también representante del Grupo de Trabajo de Patrimonio Inmaterial en la Comisión Nacional de los Puntos de Cultura de Brasil.

“Todo lo que veo sobre territorio, sobre población, lo veo como alguien que creció sin la afirmación de que lo que tenía guardado dentro de sí era importante. Y que pasa a entender la importancia de un movimiento político, cultural, de empoderamiento, de encuentro con otras personas”, comenta.

El programa Cultura Viva, según Alê, tuvo un papel fundamental en el cambio de mirada. “Posibilitó que centenas de miles de personas en Brasil entendiesen que aquello que hacían era importante”, afirma. “Además de posibilitar un diálogo con otros que hacían lo mismo, mostrando que juntos ganamos fuerza, el programa Cultura Viva nos trajo autoestima. Decir que somos protagonistas, que tenemos autonomía, que aquello que estamos haciendo en nuestro patio es importante para el país porque es importante para el colectivo… eso fue fantástico, un cambio de paradigma.”

(*Texto publicado el 22 de septiembre de 2015)

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Mestra Doci y la Escola Viva Olho do Tempo: una historia de compromiso

PorPor IberCultura

EnEm 21, Sep 2015 | EnEm | PorPor IberCultura

Mestra Doci y la Escola Viva Olho do Tempo: una historia de compromiso

El día en que Maria dos Anjos Mendes Gomes abrió el recibo de pago y vio que finalmente tenía dinero para marcharse, fue a la estación de autobús de Salvador (Bahía, Brasil) y preguntó al vendedor: “¿Cuál es es lugar más tranquilo del Nordeste?”. “João Pessoa. Sólo hay bus dos veces por semana y además va vacío”, le dijo el hombre. Ella había pensado en ir al estado de Maranhão, sabía que allá había un proyecto interesante en una universidad donde podría estudiar, pero allí, en la estación, decidió su destino: Paraíba.

“Compré el pasaje y volví a casa con aquella bomba de relojería dentro de mí. Mi madre casi se muere. Mi padre preguntó: ‘¿Es lo que quieres? Si es, ve con Dios’. Y me fui a João Pessoa sin conocer a nadie”, recuerda la maestra contadora de historias, que ya fue llamada de Maria, Mara, Lia, Dos Anjos, Dusa, y los últimos años atiende más por Doci. “Puse en un papel todos los nombres que me llamaban y los sorteé. Salió Doci”, justifica.

Doci por causa de un papelito, baiana por causa de la cigüeña y paraibana desde el día en que entró en aquel bus, en 1979, la fundadora de la Escola Viva Olho do Tempo desde hace más de una década hace un bello trabajo en el Valle de Gramame, en el área rural de João Pessoa (la capital de Paraíba). Es una referencia para mucha gente, querida y respetada en la región. Podría, sin embargo, haber construído la vida en cualquier otro lugar. “Yo tenía un compromiso conmigo misma”, cuenta. “Siempre supe que no moriría en el lugar donde nací.”

Mestra Doci e as crianças da Escola Viva Olho do Tempo. Foto: Thiago Nozi

Mestra Doci y los niños de la Escola Viva Olho do Tempo. Foto: Thiago Nozi

La carta

Nacida y criada en la región de Alagados, en Salvador, la mayor de ocho hijos, Maria dos Anjos todavía era una niña cuando escuchó a su madre decir que “pobre no sueña tanto”, que debía trabajar en vez de pasar horas leyendo a Castro Alves. Ya que no podía quejarse con su madre, la niña escribió una carta con su plan de vida. Le dijo a su madre que le daría 15 años de su vida, que hiciera lo que quisiera durante ese período, pero que después se iría, incluso para enseñar a niñas como ella que soñar era necesario. La escribió, pero no la entregó. Puesta dentro de un libro, la carta acabó olvidada.  

Doci tenía unos 13 años cuando escribió su plan de vida. Enseguida pidió al padre, barbero, que le enseñara su arte para que pudiera ganar dinero y seguir con los libros. Le costó un poco convencerlo (“Era un oficio masculino, mi padre pensaba que yo tendría problemas”), pero lo logró. Y pasó a cortar el pelo de los niños en casa, los sábados y domingos. Durante la semana, seguía estudiando. “Y así hice la universidad, aprobé una oposición. Un día vi mi recibo de pago y me di cuenta de que estaba rica. Entonces me vino la intuición: ‘Mira, ahora puedes irte’.”

Y compró el pasaje y fue para João Pessoa sin conocer a nadie. Formada en Letras por la Universidade Federal da Bahia (UFBA), se inscribió en un curso de educación de adultos en cuanto llegó a la capital de Paraíba. Allá hizo una maestría mandó el título a su madre. Con el dinero que había ahorrado, compró parte de una escuela llamada Catavento.

Trabajar con niños era lo que quería, aunque hubiera hecho una maestría en el área de educación de adultos. “No soy buena con viejos”, bromea la maestra. “No sé cómo tratar a viejos, prefiero niños refunfuñando. Los niños son una maravilla. Y viejo junto a niño es la mejor cosa que existe. Ellos te traen a la vida, te muestran el mundo. Mi misión es cuidar de los niños para que ellos sean mejores personas. Mejores para ellos mismos, porque así el mundo gana.”

Crianças no laboratório de informática da Escola Viva Olho do Tempo. Foto: Thiago Nozi

La estación digital de Escola Viva Olho do Tempo. Foto: Thiago Nozi

La misión

Cuando llegó a João Pessoa, Doci se fue a vivir al barrio Castelo Branco. Después se mudó al barrio Bancários. Y allí hizo su vida, compró una casa, un coche, un terreno. Un día, allá por los 50 años, encontró en casa uno de aquellos antiguos libros que leía cuando era adolescente en Bahía. “Abrí el libro y allí estaba la carta. Miré hacia el papel, miré al cielo y pensé: ‘¡Qué responsabilidad!’. Porque palabras dichas al tiempo son palabras que precisan ser respetadas, ¿no?”

Doci sabía que todavía tenía que cumplir una misión. “Decidí vender todo y buscar un lugar donde hubiera niños parecidos a los de mi niñez”, cuenta. Acabó encontrando lo que buscaba en el Valle de Gramame, entre los municipios Conde y João Pessoa. Él área no era de las mejores, estaba llena de agujeros, pero tenía algo que era muy precioso para la maestra: nacientes. Olhos d’água, según Doci. Como los que existían en Alagados antes de que un político convenciese a la población de la región que debían aterrar el mar y construir sus casas en tierra firme, no en palafitos.

“Fue uno de los peores momentos de mi existencia”, recuerda Doci. “Me crié corriendo en puentes, arriba y abajo, cayéndome muchas veces en el agua. Cuando aquel político decidió que debíamos aterrar el mar, toda la basura de la ciudad de Salvador fue para allá. (…) Fue muy violento ver la muerte del Olho d’água. Era el lugar donde yo pensaba en la vida, me alegraba y me desesperaba. Yo contaba mis historias a aquel Olho d’água, que se secaba y llenaba con la marea. Y ayudé a aterrar aquel lugar, que me era tan vital.”

Cuando vio los Olhos d’água en el Valle de Gramame, Doci encontró la oportunidad de pagar su “deuda con el cosmos”. Y decidió cuidar de las nacientes (existen ocho en el terreno) para que alimenten a mucha más gente. “Allí vi que tenía dos compromisos en la vida: uno con la naturaleza, otro con la naturaleza humana”, afirma. Allí descubrió que tenía que enseñar a las personas que soñar es necesario, es algo inherente al ser humano. Y la transformación no viene de fuera. “Es personal e intransferible”, resalta. “Como decía mi abuela, no escogemos el lugar donde nacemos, pero podemos escoger donde morir. Y entre nacer y morir pasa mucha agua. Por eso uno debe aprender a nadar e irse. Es así como uno hace su transformación”.

Ocupação do Rio Gramame. Foto: Thiago Nozi

Ocupación del Río Gramame. Foto: Thiago Nozi

Los sueños

En torno de los olhos d’água nació la Escola Viva Olho do Tempo (como persona jurídica, Congregação Holística da Paraíba), una asociación sin fines lucrativos que desde el año 2004 desarrolla acciones con los pobladores de ocho comunidades de la región. Con capacidad para atender a 150 niños y adolescentes, de 6 a 17 años, la escuela busca despertar en los pobladores el derecho a soñar, el sentimiento de pertenecimiento a su espacio, la reconexión con la naturaleza, la valoración de los bienes naturales y culturales, la busca por el autoconocimiento.

El trabajo empezó con charlas en las comunidades, donde las personas tenían muchas necesidades y pocos sueños. Un grupo de mujeres, hombres y niños se reunía dos o tres veces por mes para hablar de la vida, para leer, para pensar en conjunto, “en una construcción colectiva del quehacer, del tener cuidado con uno mismo para poder cuidar del otro”, como destaca Doci.

Allí, en el “comienzo y fin del mundo”, junto a las comunidades quilombolas (originalmente, zonas de resistencia de los negros esclavos), cerca de la carretera donde todos pasan cuando se van, poco a poco se fueron construyendo los dos edificios de la escuela. Y poco a poco se fue construyendo el proyecto. “Yo me senté allí y les dije: ‘Vamos a hacer lo que ustedes quieran’. Venían los jóvenes, los niños, y yo preguntaba: ‘¿Qué quieren hacer?’ ‘Ah, informática’ ‘¿Y tu?’ ‘Quiero jugar al ajedrez’. Y así comenzamos la escuela. Con esos haceres, con esos deseos”, cuenta la maestra.

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Mestra Doci y los educadores de la Escola Viva Olho do Tempo. Foto: Thiago Nozi

Muchos de los niños que empezaron participando de las actividades se convirtieron en jóvenes educadores sociales. Y hoy se encargan de formar a los niños que llegan. “Ellos no sabían nada de las teorías pero yo trabajaba igualmente a los pensadores sin que supieran los nombres. Después de cinco, seis años, una de las educadoras que estaba haciendo una investigación encontró a Paulo Freire (el educador brasileño que propuso la pedagogía crítica). Y vino a preguntarme: ‘¿Entonces lo que hacemos acá es Paulo Freire?’ ‘Sí’. Y ahí empezaron a estudiar Paulo Freire, después de unos tantos años de práctica.”

Los maestros

Acción griô era otra pedagogía que tenía mucho que ver con lo que hacían. “Tuve que  trabajar con los viejos”, se ríe Doci, que es representante de la Comisión Nacional de Griôs y Maestros. Ayudar a construir la Ley Griô nacional, según Doci, fue una de las cosas más importantes que hizo en la vida.“Creo en eso, en ir allá y conversar con el maestro griô, traerlo al escenario, sin intermediarios”, afirma. “Hicimos cosas lindas aquí. Y siempre en el área de los maestros, para que los niños sepan que hoy son niños y mañana serán viejos. Y que pueden ser unos viejos mejores.”

Roda de capoeira na ocupação do Rio Gramame. Foto: Thiago Nozi

Rueda de capoeira en la ocupación del Río Gramame. Foto: Thiago Nozi

Hoy la escuela tiene un museo, una estación digital, un proyecto de ecoturismo, otro para arborizar la región, un grupo de percusión con 63 niños y adolescentes, clases de danza, de capoeira, y algunas actividades que cambian conforme el calendario. En el primer semestre de 2015, los niños hicieron una “competición de pie” para “pensar con los pies”, trabajar el ganar y perder jugando al fútbol, a la rayuela, a la cuerda, a la petaca. Ahora es la vez del campeonato mental para trabajar el leer, el pensar y el escribir.

“Nosotros trabajamos mucho con la potencia del sueño de cada uno”, refuerza la maestra. “Porque es el sueño el que mantiene las piernas en el suelo. Es necesario mirar a los pies y al cielo. Entre el cielo y la tierra estás tu, con el corazón latiendo. El corazón está en el medio, llevando la sangre a la cabeza y a los pies.”

O bailarino Ednaldo Santos, que entrou na Evot aos 6 anos, hoje é aluno da Escola Bolshoi, em Joinville

El bailarín Ednaldo Santos, que entró en Evot a los 6 años, hoy es alumno de la Escola Bolshoi, en Joinville. Foto: Thiago Nozi

Ednaldo Santos, por ejemplo, era un chico que en los círculos de charlas siempre hablaba del sueño de ser bailarín. Cuando entró en Olho do Tempo tenía 6 años. Hoy día, a los 12, es alumno de la Escuela Bolshoi, en Joinville (Santa Catarina). Así como Ednaldo, varios chicos han realizado sus deseos, sea aprendiendo o enseñando. Uno de los niños de la escuela hoy es músico, otro es profesor de matemática… Algunos de ellos, que lograron tener empleos variados, también actúan como voluntarios en la institución.

“Es una gestión realmente compartida”, destaca Doci. “Si la chica que limpia el piso dice que lo que estoy haciendo no sirve, no sirve. Voy a defender mi opinión, porque creo que es mi misión hacer que ella piense y desafíe a alguien mayor. Voy hasta no poder más. Después voy para los besos y abrazos.”

Doci vendió todo que tenía para cumplir su compromiso con el tiempo. Sorteó un nombre para usar en esa vida que comenzó a los 50 años y no se queja de nada. “La vida es algo bueno. Es una dádiva maravillosa poder encontrar a las personas, poder arreglar cosas, poder dar un abrazo. Así pienso. Construí ese patrimonio maravilloso, pero no me pertenece. Mi familia sabe que eso pertenece al tiempo. Y es el tiempo que se va a encargar de esto cuando yo me vaya.”

MAE DOCI - OLHO DO TEMPO

 

 

Asista el video en el que Mestra Doci cuenta su historia

(*Texto publicado el 21 de septiembre de 2015)

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Mestre Brasil, el griô que llevó la capoeira a 25 comunidades de Caxias do Sul

PorPor IberCultura

EnEm 27, Ago 2015 | EnEm | PorPor IberCultura

Mestre Brasil, el griô que llevó la capoeira a 25 comunidades de Caxias do Sul

Mestre Brasil se acuerda del día en que fue invitado a una reunión nada habitual. A su lado estaban dos delegados de policía, un sargento, un coronel. ¿El asunto? Polución sonora y homicidios. Sin entender bien lo que pasaba, comentó con un colega: “No sé por qué estoy acá”. Conversación va, conversación viene, el delegado hablaba sobre la reducción de asesinatos en la región hasta que el coronel intervino: “Estoy de acuerdo con todo, pero eso se da también gracias a aquel hombre que está sentado allí. Por eso lo invité, porque es quien está en la zona periférica, donde la policía no tiene acceso”. Y era gracias a iniciativas como las del Mestre Brasil que la violencia empezaba a disminuir en algunas comunidades de Caxias do Sul (Rio Grande do Sul, Brasil).

“Llevamos el programa Cultura Viva, la capoeira, dentro de las escuelas de comunidades donde la policía no accedía”, cuenta el maestro griô. “Un mes después la policía ya estaba allá, practicando capoeira con los niños. Invitamos a los policías a jugar porque también son parte de la sociedad. Ellos saben que no son bien vistos, saben que a veces la sociedad tiene razón, a veces no. Pero el Cultura Viva está cambiando eso, impactando la educación, la seguridad.”

Nacido en el municipio de Vacaria (Rio Grande do Sul), y viviendo en Caxias do Sul desde el año 1976, Diógenes Antônio de Oliveira Brasil empezó en la capoeira en 1979. Cinco años después, ya enseñaba esta práctica a los niños de la comunidad donde vivía. “No vivo de capoeira, pero pude montar un sistema de trabajo que une cultura y educación social. Y algunos que empezaron conmigo en la niñez, con cinco años, hoy están con 30 y reproducen el trabajo”, celebra.

En Caxias do Sul, donde el primero registro de capoeira se remonta al año 1967, el Mestre Brasil actúa en dos Puntos de Cultura. El más antiguo es el Grupo de Capoeira Conquistadores da Liberdade, que atiende alrededor de 2.500 personas de 5 a 60 años, en 25 barrios de la ciudad. Como no tiene sede propia, lleva a los centros comunitarios las clases de capoeira, danza afro y actividades afines. El punto más reciente, Raízes da Vida, ofrece a aproximadamente 300 personas talleres variados, desde capoeira hasta hip-hop y circo.

Aunque tenga dificultades con la prestación de cuentas y de que el 80% de los recursos que recibe no venga del Cultura Viva – son de las colaboraciones que hace con otras entidades, ofreciendo formación a los chicos de la villa –, el Mestre Brasil es enfático cuando habla sobre el programa, transformado en política de Estado en 2014. “El Cultura Viva es realmente una diferencia. Es un concepto de política pública sencillo y eficaz, que va a revolucionar el país.”

Intercambio

Además del trabajo que hace en el estado de Rio Grande do Sul, el Mestre Brasil mantiene desde 2005 un proyecto de intercambio cultural con Uruguay. Son seis las ciudades del otro lado de la frontera en las que actúa: Montevideo, Rivera, Tranqueras, Tacuarembó, Maldonado y Salto. “Ya había capoeira allá cuando llegué. Como había muchas historias de drogadicción, y hacíamos un trabajo antidrogas, las personas empezaron a acercarse”, destaca.

Encantado por la historia, empezó a estudiar historia afrouruguaya (en intercambio con un historiador uruguayo, centrado en la historia afrobrasileña) y conocer un poco más de su cultura, del candombe, de la capoeira local. En Rivera, por ejemplo, tuvo la satisfacción de cambiar el rumbo de la historia de un drogadicto que hoy hace el proceso inverso. En Maldonado, tuvo la alegría de ver a los chicos de la periferia asistiendo un espectáculo en uno de los famosos casinos de la vecina Punta del Este.

 

Cultura de paz

La capoeira que el Mestre Brasil practica es la del Mestre Índio, del Mercado Modelo de Salvador (Bahía). A través de ella, trabaja la cultura de paz, enfatizando cuestiones como el valor de la familia, de la cultura negra, el combate a los prejuicios y la intolerancia. “Nuestra primera lección se refiere a la relación con los padres. Porque todo hijo, para nosotros, tiene que querer a los padres. Aunque uno no conozca a su madre o a su padre, intentamos rescatar, fortalecer los vínculos familiares. Con el paso del tiempo percibimos que eso hacía una diferencia en su vida.”

La dinámica funciona más o menos así: “Sentado en círculo con los niños, empiezo a contar que cuando su madre supo que estaba embarazada, se preocupó con las adiciones que tenía, con la comida que comía. Digo que sólo por saber que estaba embarazada ya tenía toda una preocupación, ya soñaba… Digo eso para que los hijos vean que debemos un favor a los padres, para que sepan comprender y querer a los padres tal y como son”.

Para llegar a esa conclusión y ponerla en práctica junto a la capoeira, el maestro hizo una larga investigación. Durante 10 años, conversó con presidiarios, prostitutas, con personas que enfrentaban serios problemas en la vida y parecían culpar al padre o a la madre por lo que pasaban. Y que al final se daban cuenta de que, al contrario de lo que pensaban, no querían a sus padres. “Testé conmigo. Busqué a mi padre y le agradecí por ser mi padre. También agradecí a mi madre por ser mi madre. Eso nos da paz interior”, enseña.

Hace unos 20 años que el Mestre Brasil enseña a los niños la importancia de querer a los padres. “Es una experiencia que funciona”, garantiza el maestro, adepto desde siempre a la cultura de paz. “Creo que nadie debe pasar por aquí sin dejar huella. Por eso decidí hacer un trabajo social (…) pensando en la cultura como moneda de valor simbólico, para que el otro se acerque. Acabé formando varias personas que hoy viven de capoeira. Algunos se dirigieron hacia la música, otros el teatro o la pacificación social. Es muy gratificante.”

 

(*Texto publicado el 27 de agosto de 2015)

Mãe Isabel y Griffe Criolê: economía que transforma

PorPor IberCultura

EnEm 27, Ago 2015 | EnEm | PorPor IberCultura

Mãe Isabel y Griffe Criolê: economía que transforma

En Hortolandia, en la región de Campinas (São Paulo, Brasil), desde hace 10 años se abre camino un emprendimiento solidario: la Griffe Criolê, creada por Isabel Cristina Alves, Mãe Isabel. La marca de ropa, que empezó con el nombre de Capadocia (en homenaje a San Jorge), es una de las acciones del Punto de Cultura Caminhos, junto al grupo de danza afro Oju Oba, del bloco de afoxé Oya Obirin Ode y de otras vivencias y talleres que exploran la diversidad cultural de las comunidades de terreiros.

Nacida en Río de Janeiro, y viviendo desde hace 34 años en el estado de São Paulo, Isabel siempre tuvo afección por el trabajo alternativo. “Los moldes del trabajo capitalista nunca me fascinaron”, afirma la artesana, técnica en estilismo y modelaje, que en 2003 descubrió la economía solidaria y realizó el sueño de hacer moda de manera creativa, expresiva, valorizando la cultura de matriz africana.

Mãe Isabel (Foto: Oliver Kornblihtt)

“En 2003 la administración de Hortolandia estaba incentivando la constitución de cooperativas. Como yo hacía parte de la asociación de los artesanos, fui invitada a participar de la directoría y ahí empezamos un trabajo de política pública, por parte de la sociedad civil, con la economía solidaria”, cuenta.

Fascinada por la estrategia de desarrollo y generación de renta, Isabel llevó la propuesta al terreiro, donde su grupo ya trabajaba cuestiones como autoestima y rescate de la cultura negra. “Nosotros trabajábamos mucho con los adolescentes, y junto a ellos venían las madres, las familias, la necesidad de hacer una asistencia. Allí vimos que fomentar el trabajo de generación de renta era una asistencia más pragmática.”

Se crearon entonces dos unidades de negocios. Una de ellas, coordinada por Mãe Eleonora (Eleonora Aparecida Alves, presidente del Punto de Cultura Caminhos), es el grupo de alimentación, que trabaja con comida baiana y tiene el acarajé como producto estrella. La otra es Griffe Criolê, coordinada por Mãe Isabel. “La marca fue creada por mi, pero con base en el trabajo colectivo instrumentalizado en los conceptos de economía solidaria”, resalta.

De la asociación de artesanos de Hortolandia, Isabel pasó a ser integrante de la comisión de economía solidaria del municipio, a continuación de la región de Campinas y después del estado de São Paulo. En 2005 ingresó en el Foro Paulista de Economía Solidaria, donde es parte de la coordinación ejecutiva hasta hoy. De allí siguió para el Foro Nacional, siendo dos veces miembro del Consejo Nacional de Economía Solidaria. Salió del consejo porque la última elección coincidió con una tragedia personal – en 2014, un hijo de Isabel fue asesinado. Hoy, hace parte de la red brasileña de formadores de economía solidaria y tiene un trabajo activo en el área.

 

Valores

criole

La marca de ropa busca valorar la cultura de matriz africana

La casa presidida por Mãe Eleonora se transformó en Punto de Cultura en 2010, pero las actividades de la marca ya eran  antes desarrolladas con base en el trabajo de las bordadeiras, de los artesanos, de las comunidades tradicionales. Actualmente la producción de Criolê se vende en ferias, eventos culturales y via página del Facebook (fb.com/griffe.criole).

Apostando en colores, imágenes, temáticas y símbolos afros, la marca tiene como propuesta valorar la cultura de matriz africana, elevar el nivel de conocimiento y autoestima de la población negra, despertar el sentido crítico y la importancia de los valores sociales, además de estimular y fomentar la capacitación de jóvenes de vulnerabilidad económica.

“Es necesario cualificar, pensar en el desarrollo de productos, pensar en el acceso al mercado, porque el que ahí está es el mercado salvaje, capitalista. Nosotros producimos de otra forma y precisamos crear ese mercado”, destaca Isabel. Ella también critica la falta de sensibilidad, por parte del Estado, hacia la realidad del artesano, lo que muchas veces impide la formación de profesionales cualificados.

“El mercado de vestuario ofrece hoy 7 mil reales a una costurera piloteira (quien confecciona la primera pieza, el patrón que orienta el trabajo de las demás costureras). Sin embargo, es una profesional que no se encuentra porque la cualificación generalmente es cara y exige enseñanza media”, explica. “Nosotros (en el proyecto) buscamos cualificar una piloteira, aunque tenga sólo enseñanza fundamental. Generalmente son mujeres con más de 40 años, criando hijos y nietos, y nosotros incentivamos para que vuelvan a la escuela, pero no dejamos de cualificar.”

 

Empoderamiento

Isabel cree en la cultura como instrumento de empoderamiento, como algo que puede interferir en la vulnerabilidad social, en el combate a los prejuícios. “Hoy estamos viviendo una ola de odio explícito. El genocidio está explícito, pero siempre existió. Nosotros, negros, siempre convivimos con ello. La injusticia social siempre existió”, afirma. “Cuando la cultura consigue empoderar a sus actores y garantizar una acción social, es una interferencia muy positiva. Creo mucho en el empoderamiento.”

En 2014 Isabel participó de un proyecto de formación y cualificación dirigido a presidiarias. Llevó a 12 penitenciarias del estado de São Paulo el conocimiento que adquirió en estos años de trabajo con economía solidaria. “Mi mayor satisfacción fue ver que puedo tener esperanza en esas mujeres, aunque estén presas y con largas penas ”, comenta. “Ellas me preguntaban: ‘¿Pero yo puedo ser una emprendedora?’ Hoy me comunico con algunas que ya salieron de allá. Ellas dicen: ‘Mira, voy a montar una tienda de animales, ¿podría ayudarme?'»

Isabel sabe que es así, con pequeñas acciones, cómo la economía solidaria demuestra su gran rol. “Ella todavía no abarca completamente, hay lagunas. Pero es transformadora. La economía solidaria nos ofrece un nuevo camino.”

(*Texto publicado el 27 de agosto de 2015)

(**Mãe Isabel murió el 8 de junio de 2018)

Asista el video del desfile de Criolê

Sepa más: 

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Penhinha, la chica que aprendió a volar

PorPor IberCultura

EnEm 19, Ago 2015 | EnEm | PorPor IberCultura

Penhinha, la chica que aprendió a volar

Penhinha aprendió a volar con la Mestra Doci dos Anjos. Moradora de la comunidad quilombola de Mituaçu, en la zona rural de João Pessoa (Paraíba, Brasil), negra por parte de padre, indígena por parte de madre, Maria da Penha Teixeira de Souza tenía 13 años cuando conoció la Escola Viva Olho do Tempo (Evot). Interesada en los talleres y quadrilhas (bailes tradicionales de las fiestas juninas) que la escuela organizaba con los jóvenes de la región, Penhinha entró en el círculo y dio el salto. Hoy en día, a los 23 años, es educadora social, griô aprendiz y coordinadora del museo y de la biblioteca Olho do Tempo. “Mi maestra nos tira del peñasco, nos obliga a volar”, cuenta.

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Preparación para el carnaval de 2014. Foto: Thiago Nozi

 

Doci, la maestra griô que echa a volar a los chicos de la escuela, fue una de las líderes que participaron activamente del proceso de construcción de la ley Cultura Viva en Brasil. “La maestra estaba siempre en los debates, y siempre nos decía que teníamos que dialogar sobre lo que conocíamos”, afirma Penhinha. “Actualmente, somos nosotros los que vamos (a los encuentros de cultura viva). Vamos nerviosos, pero vamos y representamos, con la misión de volver a casa y compartir lo que traemos como bagaje.”

La caminata de Penhinha empezó en 2005, cuando la Escola Viva Olho do Tempo reunió a tres quadrilhas con 40 jóvenes para recorrer el Valle de Gramame, en una fiesta junina itinerante que buscaba fortalecer las tradiciones y la autoestima de los habitantes de la región. “El São-joão (San Juan) rural vino para integrar a las comunidades, que se habían alejado unas de las otras y estaban en proceso de adormecimiento”, explica.

 

Primeros pasos

Cuando empezó a frecuentar la institución, Penhinha estaba interesada en talleres de corte y costura, dulces y “jóvenes emprendedores”. La quadrilha contribuyó para el interés, ya que el grupo se encontraba todos los meses. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fueron las ruedas formadas por Mestra Doci. “Iba a las comunidades, nos llamaba para conversar, nos preguntaba sobre nuestros sueños. Y decíamos que no soñábamos. La maestra preguntaba si habíamos terminado los estudios y decíamos que sí, porque habíamos terminado la primaria y podíamos leer”, se acuerda. “Cuando entendí el movimiento de la autonomía fue un encantamiento.”

 

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En la rueda de recepción de los niños. Foto: Thiago Nozi

La maestra empezó  entonces a despertar en aquellos adolescentes aquello que les gustaba hacer y no hacían – danzar quadrilha, ciranda, coco, por ejemplo. Tres años después de las primeras quadrilhas, allí estaba Penhinha, junto a los otros jóvenes, dando talleres para niños y adolescentes, trabajando “el despertar del sueño, el creer que todos podemos construir proyectos, dialogar sobre ideas.” .

Cada joven educador social escogió lo que quería enseñar. Penhinha decidió dedicarse a las cuestiones relacionadas con la literatura, el patrimonio, los saberes de tradición oral. Otros se identificaron con otros temas, y así se formó el grupo de 12 jóvenes educadores sociales del proyecto, que empezó en el año 2008 como “Ecoeducación” y ganó otros complementos con el paso del tiempo: se convirtió en “Ecoeducación y Cultura”, después en “Ecoeducación, Cultura y Memoria”, y hoy es “Ecoeducación, Cultura, Memoria y Tecnología”.

 

Medio ambiente

Olho do Tempo tiene una línea de actuación transversal que permea la cuestión del medio ambiente”, destaca Penhinha. “Es un área de quilombo (comunidad reminiscente de los tiempos de la esclavitud), rodeada de ríos. La comunidad tuvo un ciclo de hartazgo, del bien vivir, pero perdió todo eso. Con la construcción de las industrias, el río donde bebíamos agua empezó a oscurecer.”

Partiendo del medio ambiente, trabajan en la escuela cuestiones como identidad cultural, afectividad, respeto y representatividad, en actividades que abarcan música, danza, teatro, audiovisual, cultura digital. “Nuestra misión es provocar a las personas para que puedan pensar, relacionarse, usar el conocimiento que tienen”, destaca.

La escola atiende a 150 niños y adolescentes, de 6 a 17 años. “Hoy tenemos un grupo de jóvenes que son líderes en la institución. Y es nuestra misión potenciarlos para dar continuidad al trabajo”, destaca la joven educadora, que sueña estudiar Pedagogía en una universidad pública. “Mi camino en el proyecto fue significativo, me considero resultado de ello. Pero no voy a estar en la institución toda mi vida. Voy a dar mi lugar para que otros jóvenes aprendan lo que aprendí.”

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Con los niños de la Escola Viva Olho do Tempo. Foto: Thiago Nozi

Cultura de base

Convencida de que la movilización tiene que venir de la base, Penhinha cree que es necesario reflexionar sobre el legado de los maestros, la tradición oral, sobre lo que la juventud no conoce. “No decimos que la cultura muere. Usamos la palabra adormecimiento. Pero existe adormecimiento sin vuelta”, alerta.

Cuestiones como prejuicios, violencia, también son temas de debates constantes. Recientemente, Penhinha pasó por una situación de racismo en una tienda, pero estuvo lejos de la autopiedad. “Sentí pena de la persona que hacía aquella reflexión sobre mi color, mi pelo, la manera que me visto. Pensé: ¿qué pasa? ¿Por qué esa cultura de odio, de superioridad, de soy mejor que usted?”, cuestiona. “Pero tengo esperanza de que eso mejore, que consigamos orientar a cada niño, que consigamos hacer nuestra parte. La cultura es el camino para eso.”

Como enseña Doci, la cultura hace con que la educación sea más leve. “Penhinha descubrió el mundo a través de la cultura”, observa la maestra, que anima a los chicos a “lanzarse del peñasco» por creer que su misión es enseñar a leer, escuchar, reflexionar y tomar sus propias decisiones. “Tiene que ser así, no se puede proteger demasiado un ser vivo, que precisa aprender con el cuerpo. Mi misión es enseñar que la carne duele. Soy carne, sé que duele. Estoy empeñada en cuidar de esas personas para que vivan menos dolor del que yo viví. Sin embargo, siempre duele.”

Doci cuenta que sigue enseñando y poco a poco cada uno llega donde tiene que llegar. Los otros educadores sociales que empezaron en la escuela cuando eran niños hoy están por ahí, como Penhinha, descubriéndose, aventurándose.  Ivanildo, Flávia, Danielle, Sandra, Célia, Raquel, Bel, Déa, Thiago, Marcílio y Jânia también aprendieron a volar.

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Con las niñas en un paseo de la escuela. Foto: Thiago Nozi

 

(*Texto actualizado el 21 de octubre de 2015)

Lea también:

Mestra Doci y la Escola Viva Olho do Tempo: una historia de compromiso

Cacau Arcoverde, el músico que lleva al mundo la cultura del «sertão»

PorPor IberCultura

EnEm 19, Ago 2015 | EnEm | PorPor IberCultura

Cacau Arcoverde, el músico que lleva al mundo la cultura del «sertão»

Hace unos 25 años que Cacau Arcoverde dedica “el corazón, el espíritu y la carne” a la música. El interés viene de muchos años antes, de los tiempos de niño, pero como profesión, hace dos décadas que Cacau rueda el mundo con la misión que se impuso: divulgar el legado de los maestros, la cultura popular del nordeste de Brasil, la percusión afrobrasileña. O, en sus palabras, “desesconder la música verdadera”.

xilo-04Brincante, percusionista, lutier, poeta, productor musical, productor fonográfico, artista visual y xilógrafo, de 44 años, Cacau Arcoverde (en el DNI, Claudio José Moreira da Silva) es también arte-educador en el Punto de Cultura Orquestra Sertão, que funciona desde el año 2009 junto a la Asociación Cultural Urucungo, en Arcoverde (Pernambuco). Allí, en la ciudad de 70 mil habitantes, a 250 kilómetros de Recife, enseña a niños y adolescentes a tocar y fabricar instrumentos de percusión (berimbau, alfaia, caxixi, xequerê). También da clases de ritmos de la región, como samba de coco y ciranda. Enseña a tocar, cantar y bailar para que los chicos puedan formar un grupo y hacer presentaciones.

Cacau es el coordinador técnico del Punto de Cultura Orquestra Sertão. Su hermano Lula Moreira, también instrumentista (toca guitarra, viola de 12 cuerdas y pífano), es el coordinador general. Los dos empezaron temprano en la música, incentivados por su padre, João José da Silva, que les puso en la percusión de una escuela de samba de la ciudad, Tamborins de Ouro.

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Cacau en los años 70

“La  influencia artística vino de los abuelos”, cuenta Cacau. “Mi abuelo por parte de madre era vaquero y cantaba coco. Mi abuela era una mujer rendeira. Por parte de padre, mi abuelo era del maracatu de baque solto, cortador de caña de azúcar en la Zona da Mata. No tuve ningún tío artista. Mi padre no era músico, pero nos puso a estudiar, a tocar percusión en la escuela de samba y en la banda marcial. De allí entré en la capoeira y empecé a tocar el berimbau, todos los instrumentos. Una cosa se fue conectando a otra”.

La xilografía, a su vez, vino de la mano de la confección de los instrumentos. “Yo fabricaba instrumentos y pintaba. Un día, un artista visual de Ceará me dijo: ‘Usted pinta telas en el instrumento, pinte telas también’. Entonces empecé a pintar y no paré más”. Hoy, Cacau hace tapas de libros de cordel y mandalas, escribe poemas, canta, compone, mantiene una productora musical y una web radio para divulgar su trabajo y lo de otros 26 artistas independentes, como Zabé da Loca y Os Rabequeiros de Pernambuco.

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Las mandalas y los instrumentos de percusión de Cacau Arcoverde

En la plaza

El trabajo con niños y adolescentes en situación de calle empezó desde hace 20 años, cuando Cacau vivía en Natal (sí, él vivió en un montón de lugares). “En 1994, 1995, yo trabajaba en un proyecto llamado Casa na Praça  (Casa en la Plaza), que tenía el apoyo del ayuntamiento de la ciudad. Para sacar a los niños de la calle yo les enseñaba percusión, capoeira, fabricación de instrumento. Enseñaba a hacer berimbau, caxixi”.

“Era una época en que no teníamos apoyo, no había las políticas públicas de hoy. A veces no teníamos resultados más eficaces porque los proyectos acababan. Aún hoy, cuando la gestión cambia, por cuestiones políticas o ‘egoísticas’ el social sufre. No debía ser así. Independientemente del partido, cuando el proyecto hace bien a la sociedad, debería tener continuidad aunque fuera de otra gestión”.

Cacau empezó a trabajar con niños y adolescentes por algunos motivos. Uno de ellos fue la percepción de que el arte de lutier estaba en extinción respecto a la fabricación de instrumentos percusivos. Otro motivo fue el deseo de ampliar el acceso a la cultura a los menos favorecidos, desarrollando proyectos de musicalización y fabricación de instrumentos afrobrasileños, “divulgando ritmos y danzas de Brasil, que es un gran granero de culturas tradicionales”.

Transcontinental

Integrante de la primera formación del grupo “Cordel do Fogo Encantado”, Cacau Arcoverde está al frente del colectivo Jaraguá Mulungu desde el año 1999. Dedicado a divulgar los ritmos del nordeste, las “sonoridades transcontinentales”, sigue la línea de maestros de la región, como los músicos Luiz Gonzaga, Jackson do Pandeiro y Ary Lobo.

Nacido y criado en Arcoverde, Cacau volvió a vivir allá desde hace 10 años, después de pasar temporadas en Minas Gerais, São Paulo, Distrito Federal, Rio Grande do Norte y Amazonas y rodar el mundo presentando los ritmos nordestinos y afrobrasileños. Ha tocado en Broadway, en Nueva York; ha dado clases de percusión en Inglaterra, Francia, Alemania y Suecia; fue director de un espectáculo presentado en Paraolimpíadas de Londres.

En 2014, seleccionado en una convocatoria de Micsur (Mercado de Industrias Culturales),  se presentó en Mar del Plata, Argentina, y volvió entusiasmado con la experiencia. “Siempre me preocupó el hecho de Brasil estar en América Latina y ser el único país que habla portugués. Sería muy bueno si habláramos español, si supiéramos más sobre las culturas tradicionales, los pueblos originarios de los países latinos. Hay puntos de similaridad, indígena, quilombola, hay muchas cosas que tienen que ver con nosotros, brasileños. Es necesario integrarnos.”

 

 

 

(*Texto publicado el 19 de agosto de 2015)

Sepa más:

www.cacauarcoverde.com
www.catimbau.com.br

Escuche:

www.myspace.com/cacauarcoverde
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