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Red de Mujeres Rurales de Costa Rica: las historias de Julia Lezama y Grace NavarroRed de Mujeres Rurales de Costa Rica: las historias de Julia Lezama y Grace NavarroRed de Mujeres Rurales de Costa Rica: las historias de Julia Lezama y Grace NavarroRed de Mujeres Rurales de Costa Rica: las historias de Julia Lezama y Grace NavarroRed de Mujeres Rurales de Costa Rica: las historias de Julia Lezama y Grace NavarroRed de Mujeres Rurales de Costa Rica: las historias de Julia Lezama y Grace Navarro

Por IberCultura

En17, Mar 2016 | En | PorIberCultura

Red de Mujeres Rurales de Costa Rica: las historias de Julia Lezama y Grace Navarro

La historia de Julia

julia-lezamaCuando empezó a asistir a las reuniones de la Red de Mujeres Rurales de Costa Rica, Julia Lezama pensaba que aquello no tenía que ver con ella. Al escuchar a las campesinas diciendo que no tenían acceso a la tierra, que los hombres las golpeaban, que no las dejaban salir, se preguntaba: “¿Qué estoy haciendo aquí?” No se veía en aquel papel. Iba, venía y aunque no le gustara, siempre volvía. A la mitad del curso, sin embargo, empezó a ver que era sí una de aquellas mujeres.

“Comencé a entender que todavía no era libre para decidir mis propias cosas, las cosas que yo quería se me quitaban y no lo había notado”, cuenta la campesina al equipo del documental Nos va a salir el sol: la historia de Julia y Grace (Canal UCR).

“Comencé a ver que llegaba a casa cansada y tenía que acomodar la casa, lavar, hacer la comida y decir a uno de mi familia, ¿me hace el favor de ver el arroz? ¿Por qué tenía que pedir un favor a alguien de mi familia que va a disfrutar de la cena? Cuando entendí eso vi que todavía no era libre del todo.”

red-mujeres-dibujosNacida en Puntarenas, Julia Lezama empezó a trabajar a los 13 años. Trabajaba en un plantación de bananas donde aplicaban el Nemagón, pesticida usado entre los años 1967 y 1979 y que afectó a mucha gente en Costa Rica. Incluso a Julia, que a los 17 años tuvo problemas pulmonares, a los 37, tuberculosis, y al final fueran tantas secuelas que acabó recibiendo una indemnización de la empresa.

Hoy en día, Julia vive en una pequeña finca donde cría gallinas, planta legumbres, frutas y verduras. Toda su producción es ecológica. “De niña yo he aprendido a ganar la vida. No me he muerto de hambre, por lo menos la comida me la gano”, dice.“Si nos dan tierra podemos sembrar lo que comemos.”

Y la mujer siempre piensa en la familia, ella refuerza. “Si mis gallinas ponen estoy pensando en los huevos que voy a consumir en mi casa. Si me sobran vendo, pero primero es para mi consumo. En cambio, los varones no. Lo que les interesa es la plata en el bolsillo”, afirma Julia, mostrando su plantación variada y apuntando a la plantación de su marido (sólo hay yuca allí, y es tratada con agroquímicos).

De la manera que las cosas van, Julia teme que su país un día tenga que importar de China, de Europa, el arroz y los frijoles… todo. “No sabemos ni lo que estamos comiendo, de dónde viene nada. Estamos perdiendo nuestra cultura, nuestras semillas, nuestros valores”, reclama. “Por eso me siento orgullosa de ser campesina. Yo sé lo que como: lo siembro, lo cosecho y lo llevo a mi mesa sabiendo lo que como.”

Como dijo en su discurso en el Foro por la Tierra y las Semillas, en el territorio indígena Térraba, en 2013: “Con estas luchas que damos reunimos más mujeres y así hacemos conciencia de que juntas podemos luchar por aquellas cosas que estamos defendiendo. Sabemos que el gobierno nos bombardea con sus políticas, pero nosotras, como mujeres, estamos en defensa del agua, la tierra, las semillas y la salud”.

 

La historia de Grace

Grace Navarro Pérez es una de las dos mujeres de Pérez de Zeledón (San José, Costa Rica) que se ganan la vida manejando un taxi. En el documental Nos va a salir el sol: la historia de Julia y Grace (Canal UCR), cuenta que nunca se imaginó ser taxista. Un tío suyo tenía un taxi y un día le preguntó: ¿No quieres laborar conmigo? Y ella sin pensar dijo sí. Hace seis años que lleva a las personas de un lado para el otro de la ciudad.

“Me encanta ser taxista”, afirma. “Fue difícil, no se aceptaba. Los compañeros, los taxistas eran celosos, yo no pertenecía al gremio. Y con la gente, los clientes, era complicado también, tomaban el taxi de atrás, decían que la mujer maneja mal… Después me fueron conociendo y acercándose. Bueno, estoy aquí pero soy del campo, de la tierra. Vengo, trabajo, disfruto, pero soy del campo.”

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Hija única de una familia campesina de Mollejones (un poblado del distrito de Platanares, cantón de Pérez Zeledón, provincia de San José), Grace todavía se acuerda de lo que le decían a los 3 años de edad: “Mujer que no sabe moler no es mujer”. Aún era muy chiquita cuando la abuela le enseñó a hacer tortilla de maíz y a ordeñar (“para ser una gran mujer”), a limpiar la casa, a sembrar, a cosechar. “Desde pequeña me enseñaron que tenía que trabajar, que tenía que colaborar con la casa.”

Grace cuenta que antes de participar de la Red de Mujeres Rurales “era muy tranquila, no sabía nada, no tenía idea de lo que pasaba, era como si estuviera dormida”. Después de la organización, su forma de pensar y expresarse ha cambiado mucho. “Antes hacía comentarios un poco machistas o discriminando a algunas personas. Hoy veo que todas somos iguales. En la red compartimos con tantas compañeras… Unas son del norte, otras del sur, otras indígenas, y aprendemos a vernos como compañeras. Sabemos que no hay que discriminar a nadie porque es de este color o de este lugar o cosas así.”

red-mujeres-dibujo5Su deseo es que otras también se den cuenta que hay problemas y que todas se ven afectadas cuando hay agua contaminada, cuando se están patentando las semillas, cuando están vendiendo la tierra a transnacionales. “Apostamos en eso: que las mujeres despierten y que deseen conocer y que digan lo que están pensando y que defiendan porque son sus derechos”, resalta.

“Mi lucha fue siempre la soberanía alimentaria, pero va también el empoderamiento de las mujeres. Desde pequeñita yo siento que lo he pensado, porque siempre luchaba contra la idea de que la hija única era aquella que nunca salía, que no hacía nada, que estaba siempre ahí con la baba. Ahora que participo de la red la lucha por el empoderamiento no es tanto por si un hombre las deja salir o no o que dependan de alguien para ir y venir, sino que tomen sus propias decisiones sobre lo que quieren comer, lo que quieren decir, cómo hablar, qué hacer. Que no sea alguien que les tenga que decir, que ellas mismas decidan.”

Hoy, con el proceso que se ha llevado a cabo con la red, Grace dice que se siente orgullosa,  dichosa de tener esa tierra. “Sé que la estamos cuidando, la estamos aprovechando”, comenta. “Estar en la red fue una manera de empoderarme más, saber que no es por estar con un hombre que voy a ser feliz. No me preocupa que a los 30 años yo no esté casada o no tenga hijos. Puedo decidir si quiero casar, si quiero tener una pareja o si quiero tener hijos. No dependo de lo que dice la sociedad: ‘¿Con 30 años y no tiene un hijo? ¡Apurese a tenerlo!’ Yo digo: No hay nadie que puede decidir por mí.”

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