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Por IberCultura

En07, Oct 2017 | En | PorIberCultura

La Escuela Artística Comunitaria de Lo Espejo: un espacio abierto y de largo aliento

Fotos: Escuela Artística Comunitaria

En la comuna de Lo Espejo, en la zona sur de Santiago (Chile), existe una escuela que funciona solamente los días sábados y de donde los alumnos parecen no querer salir. “Esta es la única escuela que nosotros tenemos que echarlos”, dice una de sus organizadoras, Rosa Núñez, entre risas. Creada en 2012 como una instancia formativa desde y para la comunidad, la Escuela Artística Comunitaria ha trabajado con el 90% de autogestión, impartiendo talleres de forma gratuita a los niños, niñas, jóvenes, personas adultas y adultos mayores de la región. Cuando empezaron las actividades, eran unas 25 personas. Este año, había más de 400 estudiantes inscritos en los talleres.

Hay gente de todos los tipos en las clases de música, danza, teatro, circo, entre otras manifestaciones artísticas que se ofrecen en el espacio de marzo a diciembre. Eran cinco talleres al principio, hoy día hay 18. Algunos son de largo aliento, otros más cortos, puntuales. Las actividades se realizan con o sin recursos gubernamentales.  “El capital está en la comunidad”, resalta Hugo Melo, uno de sus fundadores. “Estamos en nuestro propio espacio, somos de la población. Nuestro punto de partida es el conocimiento popular, la experiencia acumulada en nosotros.”

La motivación inicial

La Escuela Artística Comunitaria surgió desde la Corporación Cultural La Feria impulsada por el movimiento estudiantil chileno, que en 2011 y 2012 protagonizó las protestas en demanda por educación pública gratuita y de calidad en el país. En realidad surgió no como un proyecto de escuela, sino como una comparsa de este grupo de vecinos de la comuna de Lo Espejo que buscaba acompañar el movimiento estudiantil con un poco más de energía, vitalidad y creatividad.

“Nos fuimos encontrando en las marchas, íbamos acompañando la lucha de los jóvenes, pero cuando volvíamos a nuestra comunidad lo único que teníamos era una olla”, recuerda Rosa Núñez. “Y no era posible que fuéramos apoyar el movimiento estudiantil, en medio a tanta creatividad en el centro, y volviéramos a nuestra comunidad con una olla y un palillo. Empezamos a conectarnos, a conocer a la gente de la comunidad que estaba en eso, nos fuimos encontrando, uno aparecía con una maraca, un tamborcito… Y ahí surge la comparsa.”

La comparsa callejera nace en 2011 como una agrupación musical conformada con vecinos estudiantes y profesionales del área social y cultural, gente de las artes escénicas, musicales, médicos, sociólogos, etc.  “Nos fuimos conociendo, conociendo, y cuando vimos ya no éramos 3 o 4, sino 10, 20, 30, 40…”, comenta Hugo Melo. “Después empezamos a darnos cuenta que muchos estudiaban arte en la universidad o eran artistas, o eran personas, que tenían un compromiso social. Había mucho potencial, mucha capacidad humana en la comunidad.”

De comparsa a escuela

Según Rosa, los vecinos llevaron unos cinco, seis meses como comparsa hasta que empezaron a notar que también había muchos niños y jóvenes interesados en desarrollar áreas artísticas, y que podrían tener un espacio para juntarse una vez a la semana voluntariamente. “Era necesario generar un espacio donde los jóvenes y niños pudieran estar de manera más sistemática aprendiendo instrumentos musicales, coreografías de danza, aprendiendo a cantar…”, señala.

Se juntó entonces un grupo de vecinos que estaban interesados en ampliar este espacio, se elaboró un pequeño borrador y presentaron este proyecto de escuela para obtener fondos del gobierno regional. “Enmarcamos como una experiencia innovadora, distinta de lo que se hace o se venía haciendo en las comunidades”, resalta la gestora. “En general se hacen pequeños talleres, experiencias breves, y lo que estamos aportando es hacer una escuela de largo aliento. Un proyecto que perdure en el tiempo, que va del básico al más complejo”.

Un espacio abierto

Por otro lado, el proyecto de la escuela buscaba generar un espacio abierto, gratuito, en donde pudieran juntarse los niños, niñas, jóvenes, los adultos, adultos mayores, las mujeres, los hombres… Cómo define Rosa, “un espacio de cuidado de los jóvenes, de protección de los niños, donde se desarrollen los derechos y la promoción de lazos sanos y afectivos; un espacio de creación, de desarrollo, de crecimiento”.

La comuna de Lo Espejo es conocida como un sector de alta vulnerabilidad social. Con más de 100 mil habitantes, cuenta con una serie de problemáticas en el ámbito de salud, educación y vivienda, además de un escaso acceso a la práctica y apreciación del arte. La Escuela Artística Comunitaria (también llamada de “la escuelita”) surge en este contexto, a partir de una necesidad de estudiantes y profesionales de las artes, en su mayoría de la comuna, de crear una instancia de formación artística en el territorio.

Los recursos humanos

Los fondos vinieron, pero nunca fueron la parte más importante de la historia. “Vamos a seguir con el proyecto tengamos los recursos o no”, avisaba Rosa en 2012, el primer año de la escuela, en el que recibieron financiamiento para realizar ocho talleres artísticos, de julio a diciembre. Pasados cinco años, los talleres se han duplicado y el pensamiento sigue igual. “La escuela siempre ha trabajado con un 90% de autogestión, porque tenemos el recurso humano en la población”, manifiesta.

Dinero para comprar instrumentos era lo que más faltaba. En eso pusieron la mayor cantidad de recursos que vinieron de los fondos. Invirtieron en trompetas, trombones, un piano para la clase de canto y un piso especial para danza. “Invertimos en una educación artística de calidad. Aquí los profesores preparan las clases, tienen cierta formalidad”, cuenta.

No es necesario un título académico para que una persona pueda enseñar en “la escuelita”. El espacio está abierto incluso para estudiantes del último año de carreras artísticas que quieran tener una experiencia de educación comunitaria. Quienes asisten a las clases pueden evaluar si desean o no continuar. Los últimos tres años, el número de alumnos que terminan el proceso, asistiendo el año completo, no ha bajado de las 150 personas.

A lo largo del año se hacen varias muestras, y al final se realiza una gala, con luces y trajes, a la que todas las personas están invitadas. “Es súper bonito ver cómo todos nos preparamos para dar lo mejor y mostrar un espectáculo de calidad”, destaca Rosa. “Estudiantes que no tocaban nada hoy tocan jazz, hay acordeonistas que están tocando tango, Piazzolla… Una se siente gratificada cuando logra ver el espectáculo en su conjunto”, expresa.

 

Un centro cultural

Otro logro que debe venir en breve es la construcción de un centro cultural para estos vecinos que desde hace seis años se juntan para ayudar a cambiar la realidad local. Aunque los resultados sean visibles, ni todo fuese sencillo en el proceso. Los dos primeros años “la escuelita” realizó sus talleres en el Liceo B-133, un establecimiento del sistema de educación pública. No obstante, estudiantes y profesores tuvieron que dejar el lugar por determinación del gobierno local.  Desde 2014, están en el Colegio Sagrado Corazón (calle Lucila Godoy con Vallenar), en un espacio cedido por una fundación.

Las clases de danza, a su vez, ocupan desde 2013 un sitio que estaba abandonado al lado del colegio. “Un espacio que lo tenía en comodato la junta de vecinos, pero nunca se había hecho nada, se estaba arrendando para estacionamientos”, explica Carolina Arcos, profesora de teatro de la escuela. “Hicimos el trámite pertinente y después de un largo tiempo, al final de 2016, nos dijeron que el espacio estaba disponible para construir nuestro centro cultural.”

 

La importancia de seguir

Hugo y Rosa saben que es importante seguir trabajando. Estuvieron en los movimientos sociales desde siempre –“desde la dictadura, en la calle, trabajando con cultura, participando”, señala ella– y aprendieron mucho de la experiencia.

“No hacemos escuela solamente para los chicos de la comunidad que quieren aprender, sino para los propios artistas. A final, ¿en qué lugar se enseña a ser artista desde lo comunitario o con lo comunitario, sino es la experiencia directa?”, pregunta Rosa. “En esta escuela los profesores se encuentran en igualdad de condiciones con los estudiantes. Desde ahí hacemos el proceso de enseñanza-aprendizaje. El vínculo, el aprendizaje que tienen los estudiantes, los artistas y los no artistas, es fundamental”, explica.

 

La fuerza del carnaval

Según Hugo Melo, los vecinos que llegan actualmente a la escuela no son solamente los suyos, los que viven en aquella localidad. “Partimos en una población y ahora estamos en toda la comuna. Antes hacíamos afiches, ahora no necesitamos ponerlos. Llegan de toda la región, la mayoría participa en la Escuela Carnavalera”, afirma.

Cómo la escuela está muy vinculada con el tema del carnaval, muchos de los nuevos alumnos acaban llegando por la fiesta. En 2012, se hizo en la comuna el primer carnaval por la memoria de Victor Jara. (El músico, cantautor, profesor y director de teatro chileno fue asesinado por la dictadura militar encabezada por Augusto Pinochet, en septiembre de 1973. Su cuerpo fue encontrado en el muro del Cementerio Metropolitano, en la comuna de Lo Espejo, junto al del director de prisiones de la época, Littré Quiroga y de otros tres cuerpos).

En 2013, se hicieron muchas más actividades en las calles de Lo Espejo y en el lugar donde fue encontrado el cuerpo de Víctor Jara, para conmemorar los 40 años del golpe militar y rendir homenaje a las víctimas. Y así se fue alargando la fiesta, la comparsa, las luchas. “Después de mucho esfuerzo logramos tener este espacio como un sitio de memoria donde cada año, en la fecha de septiembre, hacemos un carnaval masivo. Partimos de la Escuela Artística y llegamos a este lugar”, comenta Carolina.

El pasado 24 de septiembre, la Escuela Artística Comunitaria realizó, con otras dos organizaciones, el “6to Carnaval Víctor Jara y Littré Quiroga”. El Memorial Victor Jara y Littré Quiroga, declarado monumento histórico en el año 2015, fue el punto final de este carnaval que llevó miles de vecinos a las calles para expresar su compromiso por la memoria y dignidad de los ejecutados políticos. Y mostrar que sí, es necesario seguir haciendo educación artística comunitaria.

 

 

6º Carnaval por Victor Jara y Littré Quiroga (Fotos: Julieta Melo Nuñez)

 

(*Texto publicado el 9 de octubre de 2017)

 

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