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10

Mar
2016

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Notícias

De los Puntos a las Redes: la restructuración productiva y los procesos culturales innovadores

En10, Mar 2016 | En, Notícias |

Por Ivana Bentes*

La cultura está en el centro de la resistencia hacia otro modelo de desarrollo y radicalización de la democracia, como un campo expandido y que es la puerta de entrada de los derechos sociales. Hoy, se trata de entender la cultura como estructurante de cambios decisivos ya en curso. Y es que la cultura ya no es un “sector”, es un proceso transversal y decisivo. El capitalismo es cultural y las formas de resistencia e invención son procesos y lenguajes, cosmovisiones, que apuntan inclusive a otra “cultura política”.

La cuestión de la cultura es decisiva porque en el “semiocapitalismo”, el capitalismo cognitivo, el capitalismo que tiene como valor la información, la comunicación, los afectos, el modo de producción cultural (la precariedad, la informalidad, la autonomía) son las formas propias del trabajo contemporáneo, las formas generales del trabajo.

En un mundo en crisis de puestos y empleos, en crisis narrativa, la cultura inventa nuevas formas de actuación, fabulación y sostenibilidad. La cultura emerge no como  “lujo” ni “excepción”, sino como el modelo de mutación del trabajo precario en potencia y vida. En ese sentido, la cultura es hoy un proceso transversal que impacta en las formas de producción de valor en todos los campos.

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El ministro de Cultura, Juca Ferreira, en la Fiesta del Bembé do Mercado, en Santo Amaro, Bahía

El Ministerio de Cultura de Gilberto Gil y Juca Ferreira se convirtieron en referencia de políticas públicas culturales, en el gobierno de lo presidente Luís Inácio Lula da Silva, justamente por apuntar hacia esa perspectiva antropológica, una inflexión nueva que conectaba la cultura con la conquista de nuevos derechos y con una pauta más allá de los lenguajes. Una imaginación política y osadía que resultó, diez años después, en 2014 en tres grandes victorias públicas: la aprobación de la Ley Cultura Viva, transformando el programa de los puntos de cultura en política de Estado; la aprobación del Marco Civil para Internet, referencia en el mundo y una de las mayores innovaciones en el campo de la cultura digital; y la  aprobación de la Ley que regula la participación y la cogestión de la sociedad civil en las acciones gubernamentales, el Marco Regulador de las Organizaciones de la Sociedad Civil.

Tras dos gestiones conservadoras en el MinC, la llegada de Juca Ferreira al Ministerio en 2015 apunta hacia una retomada de esa imaginación política. El entendimiento de que podemos, partiendo de la cultura, repensar cuestiones decisivas en el campo social, articulando el campo de las artes y lenguajes con el campo sociocultural. Estamos hablando de políticas de valorización, apoyo, sostenibilidad y ampliación de los Puntos de Cultura, del reconocimiento de la cosmovisión Indígena, de acciones dirigidas a los movimientos urbanos, de nuevas redes de producción cultural, audiovisual, de mídia, de los pueblos tradicionales, remixando la cultura digital con la tradición oral, de los lenguajes urbanos y de las artes.

Ni folclore enyesado (el típico, el turístico y exótico), ni industria cultural, simplemente. El entendimiento ampliado de la Cultura trae la posibilidad de reconectar el Ministerio de Cultura con la Educación, Comunicación, Derechos Humanos, Movimientos Urbanos, con los nuevos procesos de las redes y calles, en que las ciudades son los nuevos laboratorios de políticas públicas.

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Estamos hablando de movimientos que surgen pos-redistribución de renta, que no demandan simplemente recursos, sino políticas de sustentación y activación de narrativas, “commons” y bienes simbólicos, entendiendo que la apenas transferencia de renta, no acaba con las desigualdades. El desafío es dar soporte y crear políticas para esas redes socioculturales que se reinventaron tras la conquista mínima de derechos.

Estamos viviendo una reestructuración productiva, y en la cultura eso es claro, la cultura es hoy el lugar del trabajo informal (no asalariado), con la primacía del trabajo inmaterial, grupos, redes, movimientos que trabajan con información, comunicación, arte,  conocimiento y que no están en las grandes corporaciones. Contexto que exige nuevas agendas estratégicas, sin las fuerzas inmediatistas del mercado, ni las decisiones centralizadas de más del Estado. Una radicalización de la democracia estimulando la productividad social.

Esa experiencia de la cultura a partir de los movimientos socioculturales surge como posibilidades de una renovación radical de las políticas públicas. No es sólo un cambio de la política para la cultura, sino un cambio de la propia cultura política. Son muchas iniciativas con potencial de ser instituidas y Brasil surge como laboratorio de esos proyectos culturales.

Podemos destacar, entre otros, economía y cultura del funk y del hip hop, movimientos que producen nuevas identidades y sentimiento de pertenencia, de comunidad (rolezinho, bonezaço, medialibristas, ambientalistas, etc.) grupos y redes que crean mundos y actividades productivas: DJs, dueños de equipos de sonido, dueños de furgonetas, organizadores de bailes, seguridad y rappers, funkeros, productores de contenidos y mídia, puntos de cultura rurales (violeiros, jongueiros, artesanos), productores y agentes culturales y de los más diferentes lenguajes, urbanos y comunitaristas, venidos de las artes pero también de los pueblos de terrero, grupos indígenas, de matriz africana, de tradición oral, etc.

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De la cultura a los commons

Estamos hablando de la primacía de la cultura en la constitución de la economía cognitiva y de la economía narrativa del capitalismo contemporáneo. Más allá de lo simbólico se trata de grupos de donde emerge otra economía, capilarizada y de “larga cola” (long tail).

Economía de la Cultura emergente que tiene que ser pensada de forma mucho más amplia reconociéndose las variaciones productivas culturales en todos los niveles. O sea, de un terrero de candomblé a un desarrollador de games, colocando esos agentes para co-gestar esas políticas y demandas. Economía de la Cultura que no es un “nicho” (la Economía Creativa) en un Ministerio de Cultura, sino un campo que dialoga con el restante de todas las políticas. Es un campo estructurante y transversal.

Esas redes culturales locales se constituyen en contrastes con las políticas públicas organizadas del centro, super jerarquizadas, centralizadas, y que no resolvieron o redujeron a un nivel deseable las desigualdades sociales.

Hoy tenemos una oportunidad histórica de experimentar otros modelos de políticas públicas, aún embrionarios, redes socioculturales, que funcionan justamente de forma horizontal, acentrada, rizomática, organizando la propia producción.

Los movimientos socioculturales trabajan con una idea de educación no-formal, como puerta de entrada para la educación formal y para el trabajo vivo. La explosión de las escuelas libres y metodologías de formación en Brasil es sintomática de esos procesos autonomistas, pero que precisan que el Estado produzca “commons”, bienes comunes y derechos para sostener esa producción. Que precisan de políticas que sean interfaces entre la Cultura y la Educación, apuntando hacia un reconocimiento del Estado y del MEC (Ministerio de Educación) de esa cultura formadora y educadora.

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Estamos hablando de acciones y procesos que extrapolan la idea fordista de la “educación” o de la “industria cultural”, proceso que no es formal, es precario, informal, veloz, y que se da en redes colaborativas, que operan produciendo transferencia de capital simbólico y real, fortaleciendo los movimientos socioculturales, sin los tradicionales mediadores culturales pero que dependen de políticas públicas nuevas y ampliadas.

Esos movimientos sociales se vuelven habilitados para administrar la propia cultura que producen, al mismo tiempo pueden ser colaboradores significativos del Estado o de quien detiene los medios de producción, difusión, etc. Los movimientos socioculturales pueden actuar en todas las puntas: como productores de cultura, administradores y beneficiarios del resultado de su producción, formadores, co-gestores del Estado.

Si los actores culturales y sociales disponen de recursos intelectuales y materiales para asumir ese protagonismo, ¿cuál es el papel de las políticas públicas? Apoyar, estimular y promover, formar líderes, agentes de cultura, gestores, administradores de cultura, de eventos culturales, dar las condiciones mínimas para ese desarrollo. Esa fue el  gran viraje del MinC antropológico que emergió en la gestión Gilberto Gil/Juca Ferreira y que hoy retorna con una segunda capa de desafíos: constituir una Cultura de Redes más allá de la hiperfragmentación de identidades.

Sabemos que hoy, financiar cultura es financiar procesos y vidas. Vimos en estas elecciones el retorno de los movimientos sociales y culturales en la disputa por un proyecto de gobierno, con una multitud que, incluso insatisfecha, salió a las calles al final de las elecciones de 2014, ese campo sociocultural que hizo diferencia en la disputa narrativa para la elección de la presidenta Dilma Roussef, por ejemplo, incluso con todas las críticas.

Vimos ese mismo campo “expulsado” de la calle después de 2013 para dar lugar a otros grupos sociales en la manifestación conservadora del 15 de marzo de 2015. En una preocupante disputa de las calles por la derecha con sus valores retrógrados y visiones de mundo binarias y polarizadas.

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Alrededor de la Cultura se puede formar una red crítica que ponga al gobierno en urgente diálogo con la pauta traída por jóvenes de las periferias, del hip hop, del funk, con proyectos sociales y culturales venidos de las favelas y del campo de las artes; que recoloca en escena el debate en torno a los Puntos de Cultura, de la banda ancha, de la cultura digital, de la criminalización de la cultura de las periferias y de los jóvenes negros e incluso una demanda de cambio de la cultura política, enyesada y poco participativa.

Al contrario de las tradicionales reivindicaciones “sectoriales” y de “balcón” (fragmentadas y corporativas) está en juego ese entendimiento estructurante de la cultura en la economía real y simbólica. ¡Nada menos que un viraje de imaginario! En ese sentido no podemos esperar a que ela configuración conservadora crezca, existe un sentimiento de urgencia en todos los movimientos de juventud y urbanos, en las periferias, en el campo. La juventud está inquieta y dispuesta, demanda participación y  co-gestión, incidencia en las políticas públicas.

Se trata de un cambio de “cultura política”, donde tenemos que preguntarnos, ¿quiénes son esos nuevos trabajadores urbanos que no están en las instituciones o partidos? En parte es el precariado urbano que congrega jóvenes de las periferias, en trabajos informales y de todo tipo, pero también y muy fuertemente los productores de cultura de los márgenes, del interior, los jóvenes estudiantes salidos de las universidades, activistas, medialibristas, etc. Estamos hablando de los productores y trabajadores (los autónomos y sin seguridad) que son la nueva fuerza del capitalismo y que están en el frente, en la resistencia, inventando sus actividades y vidas.

Estamos hablando de un movimiento social de las culturas que no demanda puestos de trabajo o una relación patrón/empleado, como en la fábrica fordista y en la reivindicación de una juventud más conservadora. Precisan, para constituirse como movimiento y campo, de acceso a derechos y beneficios sociales. Precisan acceder a los “commons”, bienes comunes: internet, acceso a repertorios, casa, sede, acceso a sistema de salud y seguridad.

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Cultura de redes

Aquí destacamos la Política Nacional Cultura Viva del MinC como un laboratorio de ese nuevo ciclo de las políticas culturales. Se trata del programa que gestiona los Puntos de Cultura, un arreglo que se expresa en acciones culturales capilarizadas con los más diferentes lenguajes y actores y con potencial de escala, con cerca de 4 mil Puntos de Cultura presentes en todos los Estados brasileños y en mil municipios. Y que tiene como meta alcanzar 15 mil puntos en 2020, conforme propuesto en el Plan Nacional de Cultura.

Los Puntos de Cultura, un reconocimiento del Estado brasileño de la potencia de la cultura de los muchos, traen por fuera y por dentro del Estado, nuevos y tradicionales sujetos del discurso: pueblos de terrero, movimiento sin tierra y sin techo, con las acciones culturales en los asentamientos rurales y ocupaciones urbanas, la cosmovisión y estéticas de los pueblos indígenas y quilombos, el movimiento estudiantil, la percepción de las vidas-lenguajes que nacen de los territorios (funk, hip hop, jongo, tecnobrega, etc.)

Se trata de una política pública rizomática que crea programas específicos para cada uno de esos movimientos a partir de sus particularidades, pero que puede en su nueva etapa, inducir, apoyar y fomentar la constitución de una Cultura de Redes, un paso innovador y osado para la articulación y movilización de un tipo de movimiento cultural.

Entendemos la cultura de red como un proceso de construcción conjunta de redes de cultura (redes de Pueblos de Terrero, redes de mídia libre, redes del funk,  redes de productores y agentes culturales, etc.). Arreglos y articulación en redes que son una nueva capa de construcción del campo expandido de la cultura, capaz de rivalizar con la industria cultural y hacer las disputas narrativas.

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Dentro de esa política, en la Secretaría que hace la articulación de la Ciudadanía con la Diversidad (SCDC del MinC) vemos emerger un nuevo diseño, más allá de esa “fragmentación” de círculos y puntos, la cultura de redes como estructurante de una nueva política cultural inductora de una nueva base social, que parte de la Cultura.

En el diseño anterior esa articulación era delegada a los Pontones de Cultura, por ejemplo, pero hoy podemos pensar en políticas y acciones de fomento de redes de las más diversas con acciones transversales (de infraestructura, aplicativos, intercambio de metodologías de formación, etc.) que estructure y potencialice esa inmensa y diversa red de agentes culturales y productores de lenguajes y narrativas esparcidos por todo el territorio brasileño y también por América Latina.

Aquí tenemos un instrumento específico para esa política pública capilarizada y en escala: la Ley Cultura Viva aprobada en 2014 y que será reglamentada en 2015. Una ley que enfrente el aparato de Estado hiperburocratizado y la fluidez del campo cultural, con varias propuestas de implementación de simplificación de prestación de cuentas de los recursos para el Estado, trayendo soluciones a entrabes jurídicos que impidieron que la red cultural se sostuviese.

La implementación de la ley también será un factor de articulación y movilización de los productores culturales al proponer y legalizar una acción radical: la autodeclaración de los Puntos de Cultura, que pasan a ser reconocidos por el Ministerio de Cultura independiente de haber o no una relación contractual con el Estado, independiente de tener recursos del MinC.

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La autodeclaración es una acción que mapeará la red de Puntos de Cultura de Brasil, más allá de los conveniados y que pueden llegar a 15 mil, 30 mil, 100 mil Puntos. Una fuerza cultural y simbólica de donde vemos emerger el movimiento social de las culturas, partiendo de la cultura para acceder otras políticas públicas y creando interfaces con políticas de vivienda, comunicación, juventud, derechos humanos, etc. Campos de interface para ese próximo ciclo expandido de la cultura, que disputa mundos partiendo de  sus propias pautas y cuestiones.

Economía cognitiva y narrativa

Entendemos que el campo de la cultura hace hoy la disputa social y la de narrativas. De ahí la necesidad de una política de comunicación y media para el campo cultural. Articulando los productores de cultura a una red de comunicación innovadora y fluida, independiente y regionalizada en todo país: circuitos, sites, blogs, web TVs, web radios, radios, TVs comunitarias, TVs públicas, pequeños periódicos, revistas, perfiles en las redes sociales, etc.

Tenemos la oportunidad de hacer una acción transversal del Ministerio de Cultura con el Ministerio de las Comunicaciones y que responde de forma puntual a una demanda histórica de democratización del campo de la comunicación y de los medios pensada en un contexto pos medios de masa. Es la lógica de las redes y nuevas mídias, la lógica de las plataformas de producción colaborativas como la Mídia Ninja y tantos otros colectivos que hacen la disputa narrativa.

Se trata de una política de punta, para los que no van esperar la reglamentación de los medios de comunicación, y que aglutina y moviliza un campo enorme y decisivo de alianza entre cultura y mídia, mídias y diversidad e inclusión subjetiva.

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En esa línea, una política innovadora del MinC, las Acciones en Cultura Digital, precisan articularse las Políticas de Redes, reactivadas como espacio transversal y articulador: los Pontones de Cultura Digital y ahora, las plataformas, redes, circuitos, así como las herramientas que pueden activar un sistema de participación (Gabinetes Digitales, Consultas Públicas, etc.). Se trata de hacer emerger una nueva arquitectura de gestión, una cultura de redes en que la cultura digital es la infra y la base de la democracia participativa y de una nueva forma de pensar una co-gestión con los propios usuarios del sistema MinC y productores culturales.

Otro desafío en las políticas culturales es aproximar las artes del campo de disputa política y del campo sociocultural. El momento en que los lenguajes artísticos pasan a transitar más allá de los centros culturales, museos e instituciones. El cine, la música, el teatro, la literatura, las artes visuales y performáticas en sinergia con el campo comunitarista y sociocultural, de los Puntos de Cultura, con los lenguajes indígenas, de matriz africana, tradición oral, etc.  Emergencia de las vidas-lenguajes en que la estética nace de los territorios y de las luchas.

Aquí tenemos una interfaz posible entre la política de los Puntos de Cultura con las acciones de la Funarte. Una oportunidad histórica de (en la línea de programas como  Interacciones Estéticas del MinC, en que se pensaba ese diálogo de los lenguajes y tradiciones) juntar a los artistas del circuito tradicional de las artes, de las galerías y museos con la experiencia, estética y lenguajes venidos de los márgenes, periferias, tribus.

Esa es incluso una tendencia internacional, de una conexión territorial-global,  encuentro de generaciones de grandes artistas de todos los lenguajes con ese campo ampliado de la cultura en el sentido antropológico. Acciones que tienen todo para estimular y hacer cruzar los dos campos hoy separados de los lenguajes artísticos y del campo sociocultural.

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Participación y gobernanza

La democracia brasileña vive, entre tantas crisis, una crisis de la representación, con experiencias cotidianas de participación y expresión de millares de ciudadanos en las redes sociales, lo que hace surgir una cultura plebiscitaria de sociabilidad en tiempo real.

Esa erótica de la comunicación recién experimentada produce por parte del Estado y de parlamentares tradicionales un “pánico de la participación”, síntoma de la crisis de los intermediarios, cuando millares de personas pasan a ejercitar la gobernanza y la ruidocracia en las redes sociales y en las calles, de la misma forma que buscan procesos desintermediados en la producción cultural (crisis de las grabadoras, editoras, etc.) con la ascensión de la cultura del “hazlo tú mismo”.

Se trata también de una crisis de velocidad: gobiernos, Congreso, parlamentarios son demasiado lentos para responder a los deseos de una democracia en tiempo real y on line, conectada, en que las posiciones y decisiones políticas son monitoradas, comentadas, criticadas en vivo.

Vemos también el descrédito y no funcionamiento de sistemas tradicionales de gobernanza: Conferencias, Consejos de Cultura estatales y municipales, consejos que no funcionan o que no tienen incidencia real. Planes Nacionales, Estatales y Municipales de Cultura que no salieron del papel.

El pánico de la participación social vocalizado en muchos sectores (mídia, corporaciones, Estado) en sus diferentes niveles impide la construcción de un Estado-red, poroso y abierto a co-gestión con la sociedad civil e agentes culturales. Se trata de superar el foso entre Estado y sociedad civil  en un nuevo arreglo de gobernanza.

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Una vez más el desafío es hacer surgir una cultura de redes, que apoye, refuerce, induzca la creación de nuevas institucionalidades, con redes específicas de co-gestión con el sistema MinC en todos los niveles. El sistema de participación va de la activación de los Puntos de Cultura, agentes territoriales locales, redes y arreglos nacionales, conferencias, Teias, foros, encuentros, hasta las plataformas, gabinetes digitales, consultas públicas, herramientas de participación virtuales, etc. En una escala y modulación distintas, pero complementares.

En esa arquitectura, la política de participación social, polifónica, digital, en las redes y en las calles se torna la base de lo que estamos llamando de movimiento social de las culturas que se constituyó en las conferencias, foros y debates de la era Lula y después, mas cuyo sistema de participación se tornó insuficiente.

El cambio de la cultura política pasa por el trabajo de la cultura como movimiento social y cogestor del Estado-red, impidiendo la criminalización de la homofobia, aliándose al debate sobre la movilidad y todas las cuestiones urbanas, el debate sobre seguridad pública, la desmilitarización de la policía, el exterminio de la juventud negra, los cambios climáticos e una infinidad de pautas que son decisivas para la joven ruidocracia brasileña.

Una red cultural que reconecta el Estado con la pauta traída por los movimientos rurales y urbanos y sus lenguajes, que recoloca en escena el debate en torno a los Puntos de Cultura, de la cultura digital, de la reforma de la Ley del Derecho Autoral, reconectando el Estado con las fuerzas vivas de la sociedad, reconectando la estética y política. Ese es el desafío para un cambio no apenas de las políticas culturales, sino de la propia cultura política brasileña.

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 Referências bibliográficas

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*Ivana Bentes es investigadora en Comunicación en la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). Fue Secretaria de la Ciudadanía y de la Diversidad Cultural del Ministerio de Cultura de Brasil

** Fuente: Revista Observatório Itaú Cultural – N. 19 (nov. 2015/maio 2016) – (original en portugués)