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Aguante Beethoven y la Fábrica de Música: una historia de descubrimientosAguante Beethoven y la Fábrica de Música: una historia de descubrimientosAguante Beethoven y la Fábrica de Música: una historia de descubrimientosAguante Beethoven y la Fábrica de Música: una historia de descubrimientos

Por IberCultura

En21, Feb 2017 | En | PorIberCultura

Aguante Beethoven y la Fábrica de Música: una historia de descubrimientos

En el Museo del Carnaval, cerca al puerto de Montevideo, en la esquina, hay una sala con ventanas que dan a dos calles y desde donde se puede observar el movimiento de los autos y peatones de la Ciudad Vieja. Desde afuera tal vez pocos perciban lo que allí pasa los martes durante la hora del almuerzo, pero desde adentro las bromas y carcajadas dejan claro lo divertidos que son los encuentros semanales del grupo Aguante Beethoven. Algo que llama la atención de inmediato cuando se entra en aquel espacio es la alegría de sus integrantes.

Aguante Beethoven es un grupo de percusión de jóvenes y adultos que se formó en 2013 en el Centro de Adultos Sordos Nº 4 de Montevideo, a partir de un taller de la Fábrica de Música e Instrumentos Musicales, una de las 29 Fábricas de Cultura que se han creado en Uruguay desde 2007, por medio del área Ciudadanía y Territorio de la Dirección Nacional de Cultura. Excepto los tres profesores, todos sus integrantes son personas sordas o hipoacúsicas (con baja audición, en grados variados) e implantados cocleares que se juntan para tocar instrumentos de percusión y probar que, al contrario de lo que muchos piensan, la música también es para ellas.

Los alumnos y profesores: la alegría de estar juntos (Foto: Fábricas de Cultura)

El número de participantes varía conforme el período del año. En total son unos 15, pero últimamente son siete u ocho los que frecuentan las clases en el Museo del Carnaval, a donde se transfirió el taller en 2015 a causa de una reforma en el Centro de Adultos Sordos. Estos hombres y mujeres, algunos más jóvenes, otros mayores, perciben de manera diferente la vibración de los graves y agudos (de acuerdo con el grado de hipoacusia) al tocar los instrumentos de madera que ellos mismos ayudan a crear o perfeccionar. Unos la sienten en el aire, otros a través de la piel. “Es como estar dentro del instrumento”, explica Mariana Terán, una de las integrantes más jóvenes, que está en el grupo desde 2015.

“Desde que trabajamos en esta experiencia la sensación que tenemos es que la gente con baja audición estaba por fuera de la música. Hay una idea general de que la música no es para los sordos. Lo que hemos podido percibir es que una vez que se establece la regla del juego de que ellos pueden participar, aflora un músico interior que estaba dormido por ahí, olvidado, desentrenado, por una cuestión cultural. Es lindo ese proceso. La música enciende a todos la misma llama, y después que se enciende es difícil de parar”, comenta el compositor Daniel “Pollo” Píriz, uno de los talleristas.

Mariana, Berta y Lilian con los cajones en el taller

 

Los profesores

Marianela y Raúl García

Pollo Píriz, Berta Pereira y Raúl García son los tres profesores que se complementan con sus talentos y comandan con entusiasmo las actividades del grupo. Berta y Pollo están en el taller hace poco más de tres años: ella se encarga del trabajo más expresivo, corporal (“soy básicamente una trabajadora de la voz y del cuerpo, me interesa ver cómo ampliamos el espacio vital”, afirma); él hace una lectura más “compositiva” del todo, es un músico interesado en partitura, en la escritura. Raúl, el integrante más reciente (desde 2015), es percusionista y tiene un trabajo fuerte con el candombe y la murga (dos importantes manifestaciones culturales afro-uruguayas), que lleva adelante también con los alumnos de la Fábrica.

Antes de la experiencia en Aguante Beethoven, ninguno de los tres había desarrollado actividades específicas para personas con baja audición. “Empecé con un miedo bárbaro, nunca había trabajado con los sordos. Pedí una semana para ver lo que pasaba y todo me encantó. Aprendo mucho de ellos”, cuenta Raúl García. “Hemos aprendido a través del tiempo a ver cómo funciona, poniendo ‘el zapato’ del otro para ver cómo es la percepción, probando cosas con ellos, creando instrumentos a partir de su vivencia”, añade Berta.

Aguante Beethoven, el grupo de percusión de jóvenes y adultos, es uno de los tres pilares en los que se sostiene la Fábrica de Música e Instrumentos Musicales gestionada por el Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay. Los otros dos son: a) la investigación y creación de instrumentos de uso idóneo para personas sordas, b) el taller de música dirigido a personas ciegas y con baja visión, en actividad desde 2015 gracias al acceso a un software libre que permite convertir partituras en braille.

Los primeros cajones

Todo empezó con el taller de carpintería que funcionaba en el Centro de Adultos Sordos. “Lo que íbamos a hacer eran muebles con madera de pallets, de reuso, muebles para el jardín”, cuenta Julia Silva, coordinadora del programa Fábricas de Cultura. “Sin embargo, cuando  el diseñador fue a trabajar ahí, se encontró con que los sordos no tenían ni idea de qué era un milímetro, un centímetro, un triángulo, un cubo. Si decía ‘corta de acá a acá’, lo hacían, pero no significaba que entendieran lo que estaban haciendo. Entonces empezamos con pequeños objetos, a darles juegos y clases de ajedrez para movilizar, para que aprendieran lo que era un milímetro, un metro, un prisma… Siempre hacemos el camino largo (risas)”.

La idea era comenzar con algo que fuera fácil para que entendieran. “El mueble ya lo hacían, pero no era esta nuestra meta”, resalta Julia. “Después de que hicieron los cajones peruanos de percusión, empezaron a tocar, y no había quién los sacara de encima de los instrumentos. Entonces les mandamos un tallerista, un músico que se estaba quedando sordo y que sabía lengua de señas, y empezamos con un taller de tres meses para ver lo que pasaba. Al año siguiente no se separaban  de los instrumentos. Era un placer, todos se divertían. A raíz de eso nació Aguante Beethoven”.

El arco de Tacuabé

(Foto: Fábricas de Cultura)

Con los cajones peruanos, la carpintería dio lugar a la luthería, y el diseñador industrial Guillermo Aemilius pasó a investigar y a crear con el grupo algunos instrumentos de madera apropiados para personas sordas o con baja audición. El primer fue el arco de Tacuabé, un instrumento que usaban los indígenas charrúas para sentir la música por dentro, recorriendo el corpo. Se trata de una vara de árbol con crin de caballo que se sostiene con la boca y que hace vibrar todo el cuerpo, de la cabeza a los pies.

“Explorando este instrumento en un proyecto de música indígena, nos dimos cuenta de que resonaba mucho en el cráneo. Es un instrumento que hacia fuera se escucha poco, y hacia dentro mucho. Los charrúas lo utilizaban para meditar. Bueno, el nombre moderno sería meditar, para los indígenas sería estar consigo mismo. Fue lindo encontrar que un instrumento de los nativos podía servir y de hecho funcionar con gente con baja audición”, cuenta Pollo. A partir de la investigación con el arco vinieron otros instrumentos. Se agregaron, por ejemplo, unas barras de metal a los cajones, como las kalimbas y marimbulas.

Lilian y Pollo (Foto: Fábricas de Cultura)

Las vibraciones

“La madera amplifica la vibración, por eso la utilizamos”, explica Pollo. “La vibración del grave trasciende más, lo más agudo es más difícil de percibir”, observa Berta. Sin embargo, ni todos los alumnos sienten la vibración de la misma manera. Pollo nota que Juan Bernardoni, por ejemplo, la percibe por el aire. Por otro lado, compañeros con una hipoacusia más profunda, como Julio Flores, sienten la vibración a través de la piel, según el profesor.

Juan es uno de los pocos alumnos que tenía experiencia anterior con un instrumento musical. Ya tocaba guitarra cuando empezó el taller de percusión en 2015 y dice que allí ha aprendido mucho. “Es bárbaro, me encanta”, asegura. Marianela Fuentes y Mariana Terán, también hipoacúsicas, son las otras dos que se interesaron siempre por música (Marianela aprendió a tocar guitarra en la niñez) y ahora la pueden sentir de manera diferente en las clases de percusión. “Me gusta venir y aprender más cosas del candombe que no sabía antes. A mí me gusta no sólo la música, sino aprender algo nuevo. Siempre quiero probar algo nuevo”, resalta Mariana.

Juan Bernardoni (Foto: Fábricas de Cultura)

Dos en uno

“Se ha armado un grupo lindo”, elogia Raúl García. En realidad eran dos (uno de jóvenes y otro de adultos/mayores) que se convirtieron en uno. “Quisieron estar juntos porque era más nutricio para ellos”, cuenta Berta. Sí, todos parecen estar contentos de estar juntos. Bastan unos pocos minutos en la sala para ver cómo les gusta bromear y reírse de todo. Tanto los jóvenes Juan y Mariana como los veteranos, a ejemplo de Lilian Pereira y Raúl Carneiro, parecen muy integrados en la dinámica de trabajo. Y se ayudan como pueden en las clases, explicando esto o aquello a los compañeros con gestuales que muchas veces no se les ocurren a los profesores.

Raúl Carneiro, Juan Bernardoni, Marianela Fuentes y Raúl García

El trabajo con el candombe que Aguante Beethoven estaba desarrollando a lo largo del segundo semestre de 2016 tenía una motivación extra: una presentación conjunta con el grupo de MusiBraille, otro emprendimiento musical de la Fábrica, con alumnos ciegos que tocan la guitarra. El concierto con la orquesta entera se dio en el Foyer del Auditorio Nacional del Sodre el 20 de diciembre de 2016. 

Las partituras

El trabajo con los ciegos en la Fábrica de Música empezó en 2014, cuando el profesor brasileño Fábio Bonvenuto les presentó en Montevideo  lo que hacía en Sâo Paulo con personas con discapacidad en los cursos de musicografía braille y “música del silencio”. “Él tenía una experiencia amplia con sordos y ciegos y vino a aportar su sistema. Nos dio talleres y compartió con todos la integración. También nos ayudó con los instrumentos, fue muy generoso y vital. Para nosotros fue muy bueno”, señala Berta.

“Lo que Bonvenuto hace es brillante”, refuerza Julia. “Él nos vio en una nota por la televisión brasileña sobre los instrumentos y nos proporcionó este software de uso libre llamado Musibraille. Con esto, accedes a cualquier partitura y el software la traduce al braille. Esto en Uruguay no existía. El ciego tenía que componer con un vidente o aprender de memoria las piezas”.

Los puentes

Al unir en el escenario a sordos e hipoacúsicos del taller de percusión con los ciegos que tocan la guitarra, los docentes de la Fábrica de Música e Instrumentos Musicales tenían en vista tanto los componentes artísticos como de respaldo. “El vínculo de los ciegos con la música es más común, pero incorporarlos a un ambiente donde hay compañeros sordos y gente que ve y escucha, como es nuestro caso, les tiende puentes. Y eso se ve reflejado en la vida de todos los días. Seguramente el compañero va a sentirse mejor”, dice Pollo.

Para el compositor es importante ver cómo una disfunción física puede generar condicionantes culturales, y cómo esos condicionantes a veces van en contra de la persona que tiene determinada discapacidad. “Uno tiene que buscar, tiene que experimentar, explorar, porque tampoco hay mucha literatura. Hay mucho que hacer en este campo, hay poca cosa hecha, y la experiencia nos demuestra que vale la pena”.

 

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En15, Feb 2017 | En | PorIberCultura

Fábricas de Cultura: fortaleciendo el capital humano y productivo del Uruguay

En 2007, cuando un grupo de mujeres comenzó la “Fábrica de muñecas de trapo” en la ciudad de Toledo (Canelones, Uruguay), ninguna tenía idea de cómo aquel proyecto piloto de Fábricas de Cultura les cambiaría la vida. En su mayoría eran jefas de hogar, sin educación formal (algunas nunca habían ido a la escuela), que vivían en un barrio formado alrededor de cuarteles y caracterizado por un alto índice de violencia doméstica. Muchas iban escondidas a las clases y allí, aprendiendo a hacer juguetes con materiales donados por talleres de confección y textiles, fueron encontrando otros caminos, nuevos horizontes.

Nadie se lo imaginaba, pero esas muñecas de tela – una tradición que sobrevive al mundo de las Barbies – se convirtieron en un emprendimiento productivo que sirvió como prueba del programa Fábricas de Cultura, del área Ciudadanía y Territorio de la Dirección Nacional de Cultura del Ministerio de Educación y Cultura del Uruguay. Con el éxito de la experiencia, las participantes del taller que al comienzo casi no hablaban, pasaron a llamar la atención de los vecinos, de la prensa escrita, de la televisión…”Eran mujeres invisibles que se convirtieron en las personas visibles del lugar”, cuenta Julia Silva, coordinadora de las Fábricas de Cultura.

“Yo sí puedo”

Después del taller, estas jefas de hogar de la zona periférica de Canelones se anotaron en la UTU (la escuela de oficios de Uruguay) y egresaron en cursos de corte, confección y moldería. Pudieron terminar la primaria por medio de un proyecto del Ministerio de Desarrollo Social (MIDES) llamado “Yo sí puedo” y lograron conformar una cooperativa para comercializar sus productos (Trapos y Más Trapos). Se vieron como personas independientes, muy diferentes de las que comenzaron en el proyecto.

Julia Silva, coordinadora de Fábricas

Este proceso de desarrollo humano e integración, paralelo al emprendimiento productivo, también se dio en las otras Fábricas que surgieron en el país en los últimos diez años. “Nuestro objetivo es que sean emprendimientos productivos de base cultural que apunten a la inclusión social”, afirma Julia, resaltando también la importancia de la preservación, transmisión y apropiación de conocimientos tradicionales y del aprovechamiento de las nuevas tecnologías. “Tradición e innovación deben ir de la mano”.

De las 29 Fábricas de Cultura que se han creado en el territorio nacional (con más de 500 beneficiarios directos y sus familias en más de 21 localidades de 14 departamentos), algunas ya terminaron sus capacitaciones y otras siguen en funcionamiento. Varias de las que ya no están vinculadas al proyecto se convirtieron en cooperativas y/o emprendimientos personales y colectivos.

Las Fábricas de Cultura se dedican a un amplio abanico de artes y oficios, y suelen tener un desarrollo mínimo de dos años, tiempo que consideran suficiente para aprender cada técnica. “No se trata de algo que se busque o que se vea rápido. Es un trabajo de hormiga. A largo plazo se pueden asegurar otros procesos”, afirma Julia.

 

Los oficios

El programa trabaja desde cero, sus actividades no están dirigidas ni a artesanos ni a profesionales. Con la misión de fortalecer el capital humano y productivo del país mediante la creación de espacios de formación y el desarrollo de emprendimientos culturales, busca ofrecer a sus participantes herramientas que apunten a mejorar sus posibilidades en el mercado laboral, incidiendo además en aspectos como la autoestima y la conformación de grupos con sentido de pertenencia.

Fábrica de Instrumentos Musicales

Su eje central son las poblaciones vulnerables, en el sentido amplio de la palabra. “La vulnerabilidad no es solo pobreza”, destaca Julia. “Trabajamos con personas de pueblos que no tienen acceso a los bienes y servicios culturales porque están lejos de la capital, de la ruta. Trabajamos con jefas de hogar, con jóvenes que no estudian ni trabajan, con población LGTBI, con personas con discapacidad auditiva, visual, motriz y/o psíquica, con personas privadas de libertad.”

En coordinación con instituciones y gobiernos locales y departamentales, teniendo aliados como Centros MEC (la red de espacios del Ministerio de Educación y Cultura que funcionan como puntos de encuentro entre vecinos, intendencias y organizaciones sociales), el programa busca promover la creación de productos de diseño, el rescate de oficios que tienden a desaparecer en el país (como la guasquería[1] y el quinchado[2]) y expresiones culturales locales, respetando las tradiciones en que se enmarcan y su sostenibilidad ambiental.

 Ida y vuelta

Para la coordinadora, la principal herramienta del programa es el poder que ejerce la cultura en beneficio del desarrollo individual, social y económico. De esta manera, se toman en cuenta cuestiones como la responsabilidad ambiental, la protección del patrimonio material e inmaterial y su aprovechamiento en beneficio de la comunidad. “Trabajamos la creatividad como herramienta, desde el turismo cultural hasta la restauración de muebles, pero investigando las características del lugar, junto con los habitantes de cada localidad, potenciando sus fortalezas. Es un ida y vuelta.”

Fábrica de ladrillo vidriado

En general son las intendencias u organizaciones civiles las que solicitan a la Dirección Nacional de Cultura crear una Fábrica en su localidad. “Nos convocan con frecuencia las intendencias y también los centros MEC, que están insertos en los lugares y conocen mucho a la población. Siempre tratamos de trabajar en red con los actores locales”, resalta Julia.

El establecimiento de una Fábrica de Cultura depende de la coordinación de diferentes actores para garantizar la disponibilidad de un local, la adquisición de maquinaria, la compra de materiales y la contratación del cuerpo docente (un diseñador industrial y/o textil, y un experto en la materia, como un ceramista o técnico en cueros). Para definir el rubro se evalúan aspectos vinculados a la cultura local, como el rescate de oficios tradicionales en vías de desaparición y la reutilización de objetos diarios (lonas, prendas en desuso, envases plásticos) o materia prima subutilizada (a ejemplo del cuero de pescado de río).

El reciclaje

Fábrica de Muebles de Cerro Colorado

El uso de materia prima de la zona donde se instala una Fábrica es otro punto importante. Cerro Colorado (Florida), por ejemplo, es un área donde hay plantaciones de eucaliptos, y ahí el programa tiene una carpintería donde se hacen muebles en madera de eucalipto – muebles de diseño y mobiliario específico para museos. La idea es aprovechar los recursos de la mejor manera posible, construyendo muebles incluso con los cercos usados en el campo, aquellos que las personas habitualmente descartan.

“Queremos que los productos sean de buena calidad, con diseño  tradicional o innovador, pero a la vez nos interesa mucho el reciclaje y todo lo que es de reuso,  y que la materia prima sea casi sin costo”, comenta Julia.

Las jefas y jefes de hogar en Maldonado y los jóvenes de Sarandí del Yí utilizan material reciclado para hacer las grandes marionetas que deslumbran al público en los desfiles de carnaval en la avenida 18 de Julio, en Montevideo. Para el desfile de carnaval 2016, se utilizaron 15 mil envases plásticos para la confección de los títeres gigantes, en formato de peces y medusas, que ocuparon la avenida. En 2017 otras marionetas gigantes también desfilaron en la apertura del carnaval uruguayo.

Joyería de la Fabrica INRF, en Montevideo

Las ropas de reuso sirven para la confección de prendas de diseño en la Fábrica de textiles y bordados, en convenio con el Colectivo Ovejas Negras para trabajar especialmente con mujeres trans (pero abarcando a toda la población LGBTI) en el Centro de Montevideo. Mujeres privadas de libertad también aprenden técnicas textiles en una de las tres Fábricas que funcionan en el Centro Nacional de Rehabilitación, donde las reclusas trabajan además con joyería artesanal y objetos cerámicos.

Identidad local

La idea es que los productos tengan algo de la identidad local o del grupo participante. Si son accesorios hechos por mujeres reclusas, que tengan su impronta, que traigan algo que las identifique. Si se trata de cerámica, hay por ejemplo Arde Belén, la Fábrica de Cultura de Salto, donde las piezas son cocidas en horno a leña y tienen diseños basados en los petroglifos indígenas hallados en la localidad.

Cuando el tema es turismo cultural, los recorridos son por el Barrio Sur, cuna  del candombe y las principales manifestaciones culturales afrouruguayas. En esta Fábrica instalada en el Centro Cultural C1080 (local de una gran comparsa del carnaval uruguayo) se trabaja también con el Centro Psicosocial Sur-Palermo, con participantes con esquizofrenia, que realizan objetos en tapiz y telar como souvenirs para los turistas. Este año, C1080, en agradecimiento por el apoyo recibido,  tomó el tema “La Fábrica de Cultura” para su espectáculo.

Entre las Fábricas de Cultura que se crearon en estos 10 años se encuentran las de Ladrillo vidriado en Picada de Mora (departamento de Rivera), Accesorios de vestimenta en lana y fieltro en Melo (Cerro Largo), Música e instrumentos musicales para personas sordas, hipoacúsicas y ciegas en Montevideo, Restauración de muebles (Piriápolis, Maldonado), Marroquinería en cuero de pescado (Nueva Palmira, Colonia), Muebles y accesorios de cardo [3] en Colonia del Sacramento, Títeres y compañía titiritera (Durazno, Maldonado y Montevideo) y Productos derivados del butiá [4] en Castillos (Rocha).

Otros caminos

Fábrica de prendas de diseño

Algunas siguen en etapa de capacitación, otras se convirtieron en algo diferente. Julia cuenta que en una de las primeras Fábricas, en Casavalle (uno de los barrios más problemáticos de Montevideo), algunas mujeres que nunca habían visto una máquina de coser aprendieron corte, confección y moldería y pasaron a hacer ropa femenina de diseño. Un día se llenaron de coraje y fueron a la oficina de la coordinadora para comunicarle que habían encontrado un nicho de mercado más conveniente: ropa para niñas de 7 a 12 años. Y así cambiaron su público.

¿Qué pasó con estas mujeres? Aprendieron el oficio, compraron sus máquinas y montaron un taller en la casa de una de ellas. Hoy trabajan para el Ejército de Uruguay haciendo uniformes y todo lo que se les pone a los caballos de competición, y de eso viven todo el año. “O sea, no terminaron haciendo lo que nosotros propusimos, pero les dimos las herramientas para llegar ahí”, comenta Julia. “Les damos herramientas: creatividad, generación de ciudadanía y autoestima para que construyan su camino.”

Comercialización

Además de los talleres para el aprendizaje de oficios, el programa ofrece capacitación en comercialización y asesoramiento legal. Fábricas fue uno de los siete proyectos seleccionados (entre más de 100 propuestas de 50 países) del Fondo Internacional para la Diversidad de Unesco. Y fue por medio de este fondo que 14 de las Fábricas pudieron tener en 2105 y 2016 capacitaciones en comercialización.

“No es un tema menor”, dice Julia. “Uno puede llegar a tener el producto más divino del mundo, pero si no sabe comercializarlo no funciona, esa era nuestra debilidad como programa”. Por tal motivo, propusimos una formación en plan de negocios, gestión de empresas, etc, para darle a cada grupo las herramientas completas (…). El reconocimiento de Unesco nos dio un respaldo económico en este periodo de crisis”.

El aprendizaje

Julia Silva está en el programa desde su inicio. Ha acompañado de cerca sus logros y fracasos y ha vivido, ella misma, un gran aprendizaje en esta década de trabajo. “Uno como persona no ve más allá de la nariz, pero cuando te introduces en esto, descubres un universo que realmente desconoces. Por ejemplo, el mundo de la discapacidad. No conocemos lo que es la vida de un sordo o cómo se siente al no estar incluido… Las personas trans son incluidas en el discurso pero en realidad no tienen opciones”.

“No todo es logro y disfrute”, señala la coordinadora, “pero la experiencia ha sido enriquecedora para todos los que participan”. “Todos aprendemos”, refuerza. “No trabajamos en los lugares más lindos ni en las mejores condiciones, sino que todos vamos creciendo juntos. A veces nos equivocamos, otras no, y vamos aprendiendo en el camino”.

 

     

[1]  El arte de la guasquería (foto) es un patrimonio cultural en extinción en Uruguay. La tarea y el saber del guasquero están directamente asociados con la figura del gaucho, el caballo y las tareas rurales. Se trabaja con la técnica tradicional: cuero crudo, piedras de afilar de la zona, herramientas caseras y cuchillos.
[2] Quinchado o techo de quincha: tejido o trama de junco con el que se afianza un techo o pared de paja, cañas o material semejante. El oficio de quinchador (o sea, de la persona que teje) está en vías de desaparición en el país.

Fábrica de cardo

[3] El cardo, o cardilla, es una plaga en los campos de la zona. Esta planta se transforma en objetos y muebles orgánicos que mantienen el perfume natural del cardo.
[4]  Butiá es el nombre genérico de dos especies de palmeras de unos ocho metros de altura, con tronco liso y ceniciento y frutos comestibles de color naranja. Crece solitaria en las quebradas o formando extensos palmares en los humedales.

 

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En15, Feb 2017 | En | PorIberCultura

Fábrica de Textiles: los “remiendos creativos” que rompen con estigmas y estereotipos

“En Ovis encontré más de lo que podía llegar a buscar: encontré una segunda familia, encontré que me dieran fuerza, encontré el aprendizaje, encontré el apoyo, encontré historias similares, historias más duras. (…) Aprendí que no soy única, que no me pasan solamente a mí las cosas y que hay cosas peores que nos pueden llegar a pasar. (…) El taller fue eje de una integración mayor que para mí fue muy reconfortante” (Paulina)

 

“Me siento bien correspondida en este taller, en esta casa. El primer día que vine no conocía a nadie y recibí abrazos, contención, lo que no encontrás en todo lugar. Me gustó ver que no soy un número, que soy una persona, que se me haya reconocido por Ámbar. (…) Me dio confianza, educación, y lo emocional… mis amigas. A algunas las puedo llamar hermanas y a algunas las puedo llamar amigas” (Ámbar)

 

               Paulina y Ámbar son integrantes de la Fábrica de Textiles y Bordado que funciona en Montevideo. Es una de las 29 Fábricas de Cultura que se han creado en Uruguay los últimos 10 años, en este programa de la Dirección Nacional de Cultura que lleva adelante espacios de formación y desarrollo de emprendimientos culturales. En esta Fábrica se crean piezas de joyería textil, bordado y lo que llaman “remiendo creativo” (intervenciones en prendas rotas o en desuso que se convierten en prendas de diseño).

              “Ovis” es el nombre del taller en el que las dos participaron, y que les dio mucho más de lo que esperaban. El taller surgió en convenio con el  colectivo Ovejas Negras, para trabajar especialmente con mujeres trans, como Paulina y Ámbar, pero abarcando a toda población LGTBI y quienes quieran participar. “Tratamos de no hacer guetos de las Fábricas”, señala Julia Silva, coordinadora del programa. Actualmente se han incorporado al grupo dos ex-reclusas – mujeres que participaron en la Fábrica de Intervención Textil y Serigrafía del Instituto Nacional de Rehabilitación Femenina (INRF) N°5 y al recuperar su libertad, se incorporaron a la Fábrica de Textiles y Bordado.

               En la Fábrica de Textiles y Bordado, se pone especial énfasis en la toma de conciencia en torno al consumo desmedido de los productos textiles. El taller se desarrolla sobre dos pilares: el productivo, donde los conocimientos de diseño, modelaje, corte y confección son fundamentales, y el bordado a mano, dirigido a una actividad sostenible. Las participantes trabajan con ropa en desuso (incluso mantas de lana), interviniendo en las piezas con bordados, haciendo “remiendos mágicos y únicos” como cada dueño. “En Ovis las piezas tienen su impronta. Uno no va a encontrar nada parecido, ni siquiera dos piezas son iguales”, comenta la coordinadora.

Los desfiles

          Las participantes muestran sus pequeñas producciones en desfiles donde no sólo presentan sus prendas como también las visten. El 9 de diciembre de 2016, en la explanada del Teatro Solís, el gran teatro de Montevideo, se realizó “Líneas de fuga” en el que participaron cuatro emprendimientos textiles de Fábricas de Cultura: Taller Ovis (Montevideo) HER (cárcel de mujeres), La Coyunda (Montevideo) y Pura Lana (Cerro Largo). La expresión “Líneas de fuga” reúne varias ideas, la ruptura de paradigmas, los puntos de vista subjetivos, las líneas de diseño, “las fugas de la estandarización y la estigmatización”.

            Pura Lana, una de las Fábricas que participaron del evento en el Teatro Solís, es la unidad instalada en Melo (Cerro Largo), una zona de producción lanera y tradición de tejidos en la que mujeres de la ciudad y rurales crean prendas de diseño y accesorios en fieltro y telar. La Coyunda, a su vez, es la Fábrica de Textiles en Lana que está en el Centro de Desarrollo Económico Local (CEDEL) de Carrasco Norte, en Montevideo, en la que jefas de hogar y jóvenes realizan tapices y prendas en telar.

Entre rejas

           HER (Hecho Entre Rejas) es el nombre de los productos que se realizan en la Fábrica de Intervención Textil y Serigrafía, que funciona en la cárcel de mujeres en la que se crean diseños originales con la técnica de serigrafía artesanal.En 2015 las participantes de la Fábrica de Intervención Textil y Serigrafía crearon una colección de ropa de diseño utilizando prendas en desuso a las que intervinieron con estampados en serigrafía. Esta colección motivó la realización de un desfile que se llevó a cabo dentro de la cárcel con gran repercusión. “Tú pensabas que estabas en otro lugar. Ellas mismas crearon la colección, eran las modelos, y sus prendas tenían escrito lo que sentían”, recuerda Julia.

            En esta cárcel (INRF 5) funcionan tres Fábricas para que las mujeres privadas de libertad aprendan técnicas que les signifiquen herramientas para su inserción laboral. Además de la Fábrica de Intervención Textil y Serigrafía, está la Fábrica de Objetos Cerámicos y la de Joyería Artesanal. “Una de las alumnas de joyería era tan buena, que logramos que le permitieran asistir al curso de joyería de la UTU (la escuela de oficios del Uruguay) y todos los días concurría, esposada y con custodia policial”, cuenta la coordinadora. “Ahora ya en libertad, tiene su taller propio y en lugar de vender drogas realiza y vende joyas. Un cambio inmenso.”

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Por IberCultura

En03, Feb 2017 | En | PorIberCultura

Urbano: una experiencia de arte y cultura con personas en situación de calle

¿Qué pasaría si un centro cultural juntara vecinos y personas en situación de calle en talleres de cine, música, danza o teatro? En Urbano se trabaja así. No se hace distinción de los participantes de las actividades del programa sociocultural, duerman aquellos en sus casas, en refugios o en las calles de Montevideo. Los que van están interesados en crear arte y es eso lo que le importa al equipo: generar capacidades para el ejercicio pleno de los derechos culturales y la integración social.

Urbano es un programa gestionado por la Dirección Nacional de Cultura, del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay. Está vinculado al área de Ciudadanía y Territorio, también responsable de los programas Usinas Culturales y Fábricas de Cultura. Si bien está dirigido a personas en situación de calle o refugios, sus actividades están abiertas a toda la comunidad. Y no son pocos los vecinos que se interesan por los talleres semanales y sus múltiples propuestas artísticas y culturales.

Walter, coordinador de Urbano

“Es una política de Estado que tiene como una de sus líneas de trabajo centrales el tema de la cultura comunitaria”, explica el coordinador de Urbano, Walter Ferreira. “Trabajamos con talleres, armamos redes en el territorio, interactuamos con los grupos de cultura comunitaria. Y aunque la mayoría de nuestros participantes está en situación de calle, el centro no se detiene en las problemáticas. Acá se trabaja con arte y cultura. La gente viene y crea arte. Nos interesa la dimensión de la comunidad porque tenemos la idea de que el arte y la cultura pueden servir para incluir, para integrar, para desmarginalizar.”

Las actividades

Cerca de 370 personas pasan al año por Urbano. El colectivo artístico que actúa en el espacio ofrece un total de 13 talleres gratuitos: 11 en la casa y dos en refugios. Cada taller cuenta con un promedio de 20 participantes – gente que va y viene a las clases semanales de teatro, cine, danza, música, plástica, títeres etc. Los hombres son mayoría y el promedio de edad está en los 40 años (hay más jóvenes que mayores). La predominancia masculina se explica al menos por dos razones: 1) la mayor parte de los refugios es de hombres; 2) muchas de las mujeres son madres y no tienen con quien dejar a sus hijos para ir al centro cultural.

Además de los talleres en la casa y en los refugios, se realizan actividades en diferentes puntos de Montevideo, en ciclos como “Urbano en los Barrios” (muestra e intercambio por barrios de la capital uruguaya), “Urbano en los Museos” (muestra de la producción artística de los talleres de Urbano en los museos de la ciudad) y “Libreexpresar” (cine foro, exposición fotográfica y tertulia literaria en espacios como el Centro Cultural de España).

La integración también se da en los cierres de las actividades, que suelen ser en la calle, frente al centro cultural, con muestras de teatro, danza y coro y talleres creativos para toda la comunidad (“Urbano en Fiesta”). Las intervenciones artísticas que promueve Urbano en los refugios tampoco se limitan al espacio interno. Lo ideal es que sean en la vereda, con artistas, músicos, vecinos y refugiados compartiendo arte. 

El trabajo colectivo

Entre las políticas socioculturales uruguayas, Urbano es probablemente la que más representa la intención del Estado de trabajar con lo comunitario – algo que, según el coordinador, se amplió con la actual administración, con Sergio Mautone como director nacional de Cultura. El proyecto, sin embargo, existe desde 2010. Comenzó gestionado por una organización de la sociedad civil que firmó convenio con la Dirección Nacional de Cultura para la creación de un centro cultural enfocado a personas en situación de calle.

Los primeros años el centro funcionaba en una casa en la calle Mercedes – la mudanza para el espacio de dos pisos en la calle Paraguay, donde está actualmente, se dio en 2012. Walter Ferreira integra Urbano desde su inicio y cuenta que al cabo de dos años el grupo fundador decidió no seguir adelante con la iniciativa porque las dificultades eran muchas, les faltaba dinero, la gestión era complicada. Al final, la Dirección Nacional de Cultura acabó asumiendo el centro, y llamando a Walter, que había renunciado, para presentar un proyecto de trabajo, armar un equipo y encargarse de la coordinación.

El equipo que trabaja en Urbano

“Somos un equipo de cinco personas que estamos todos los días acá”, cuenta Walter, destacando que el trabajo allí es pensado siempre de forma colectiva. Además de él, hay una persona encargada de la coordinación con los refugios (Camilo Silvera), un gestor cultural (Andrés Alba), una educadora (Claudia Ferreira), que trabaja más lo cotidiano, el espacio de convivencia y debate, y una orientadora (Fernanda Frugoni), que recibe a la gente y la distribuye en los talleres, conforme su vocación artística. “Hay gente que a veces viene porque no tiene nada que hacer, pero aquí no se permanece sin hacer nada. Ahí el rol de Fernanda es fundamental”, comenta el coordinador.

“Las personas que vienen acá las tomamos como artistas, no como una amenaza”, resalta. “El tema es que por más exitoso que sea este programa, por más que la gente venga, escriba, actúe, se sienta fuerte y salga a buscar trabajo, es necesario complementariedad con otras políticas públicas. Nosotros abrimos algo, generamos un proceso, que apunta a la integración de la persona, a la emancipación, y eso muchas veces se tranca ahí, la persona no consigue trabajo, no logra tener un espacio para librarse de la adicción, de la violencia doméstica, sigue estando en la calle. Entonces necesariamente tiene que haber complementariedad.”

La transversalidad

Trabajar una problemática específica, que a su vez transversaliza otras problemáticas, ha sido un ejercicio desafiante para el equipo de Urbano. “Situación de calle es la situación de la persona que sale de la cárcel y no tiene donde vivir, de violencia doméstica por parte de las mujeres, de adicciones, de sufrimiento psíquico, son varias problemáticas que se entrecruzan. Muchas terminan aquí o en refugios. Por eso la dimensión comunitaria es interesantísima. Hablamos de integración con ellos, pero dónde se van a integrar? Necesariamente tiene que ser en la comunidad, un lugar real”, afirma Walter.

La idea de trabajar en conjunto, generando espacios de capacitación pasa también por actividades realizadas en coordinación con el Ministerio de Desarrollo Social (MIDES) o la Intendencia de Montevideo. En el Municipio B, por ejemplo, Urbano participa de una red en el territorio (“BCultura”) con el Proyecto Esquinas (de la Intendencia) y varias organizaciones de cultura comunitaria. Con el MIDES son varias las acciones conjuntas, incluso instancias de intercambio con técnicos que trabajan en refugios.

Encuentro entre Urbano y equipos del Programa Calle del MIDES, en octubre de 2016

En las capacitaciones que el equipo de Urbano hace con el personal que actúa en los refugios — planteando las posibilidades de trabajar con arte y cultura y con la dimensión de comunidad — el aprendizaje es de ida y vuelta, ya que de ambos lados hay personas que trabajan con la gente en situación de calle y están pensando su práctica. La búsqueda de herramientas, de nuevos lenguajes para trabajar con esta población, es una tarea continua y enriquecedora.

“Estamos construyendo bastante. Y como la idea es producir conocimiento a partir de una experiencia concreta, escribimos mucho. En Urbano cada uno termina su taller y escribe sobre ello”, cuenta el coordinador. De esa sistematización saldrá un libro llamado “Urbano, memorias de una experiencia”.

Los prejuicios

Para Walter, está bueno tener un marco teórico, conceptual, para que otros también vayan aportando y dialogando con la experiencia de alguna manera. La producción de conocimiento, según él, es también una manera de ir contra los prejuicios.“Se aprende mucho acá. Cuando empecé en Urbano yo tenía muchos prejuicios. Poco a poco fui aprendiendo, incluso a ver el otro.”

Walter Ferreira siempre quiso trabajar con el arte. Empezó tomando unos talleres literarios, pero como vivía insatisfecho con ellos, él mismo decidió formarse para dar talleres, y acabó juntando la literatura con el trabajo corporal, la danza y el teatro. “No me había propuesto trabajar con poblaciones vulnerables, lo que más me interesaba era la herramienta, lo artístico, pero tuve la oportunidad de trabajar acá y me enamoré de este proyecto. Terminé trabajando en Urbano con la misma concepción del arte con la que doy talleres a personas que me pagan para eso. Es la misma lógica, no trabajamos distinto acá o con las personas que algunos llaman ‘integradas’ o ‘normales’.”

Cuando apareció la dimensión de comunidad en el trabajo con Urbano, se abrió otro territorio para él. “Soy un militante de la cultura comunitaria”, afirma el coordinador, que estuvo en varias organizaciones de la sociedad civil antes de sumarse al equipo de Urbano y fue uno de los representantes de los 12 colectivos uruguayos que participaron del primer Congreso Latinoamericano de Cultura Viva Comunitaria, realizado en 2013 en La Paz, Bolivia.

“En Uruguay hay muchos colectivos que trabajan en distintos barrios, y al mismo tiempo hay un Estado que está presente en muchas partes”, comenta. “Lo que se plantea ahora es salir de la lógica paternalista (que todavía existe en la relación del Estado sobre las organizaciones) y escuchar más la comunidad, dar más libertad para la comunidad. Uno de los espejos que tenemos son los Puntos de Cultura en Brasil.”

Así como la experiencia brasileña de Cultura Viva, que inspira políticas públicas en varios países de Iberoamérica, Urbano sigue con su propuesta de actuación en la comunidad, teniendo en vista el estímulo a la creatividad y a la participación social. Al centrar su trabajo en el arte y la cultura, sin desconocer las problemáticas de las personas que viven en situación de calle, el programa complementa las políticas de atención a esta población buscando asegurar los derechos culturales de la ciudadanía — y dejando claro que de hecho ciudadanos somos todos.

 

Fotos: @UrbanoEspacioCultural

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“¿Te gustan los talleres, Nahir?” “Sí, mucho”. “¿Cuál te gusta más?” La respuesta viene con una larga sonrisa: “¡Todos!”

Son 11 los talleres que Urbano ofrece gratuitamente en la casa de la calle Paraguay 1190, en el centro de Montevideo. De lunes a viernes por la tarde, en horarios variados, hay clases de teatro, danza, expresión corporal, cine, cine foro, coro, composición musical, taller literario, de títeres, plástica y teatro del oprimido.

 

Los talleres de este programa del área Ciudadanía y Territorio, de la Dirección Nacional de Cultura, están enfocados a personas en situación de calle o refugios –como es el caso de Nahir (foto), a quien le encantan los libros y los ejercicios de escritura– pero son dirigidos a toda la comunidad. “Es una propuesta inclusiva, siempre abierta a todo mundo. Son talleres excelentes, para que pueda venir cualquiera”, resalta el coordinador de Urbano, Walter Ferreira.

Nahir (en primer plan) en la fiesta de cierre de actividades

A continuación, un resumen de cada uno de los talleres ofrecidos en el espacio.

Teatro

Los lunes por la tarde el espacio está dedicado al taller de teatro, que brinda un espacio de aproximación a las posibilidades del arte escénico. La tallerista Lorena Cánepa busca desarrollar herramientas del trabajo actoral desde una metodología de teatro laboratorio, utilizando diferentes recursos, como máscaras, luz negra, coros griegos y lo clownesco. La intención es indagar sobre diversos planos, el contacto con uno mismo, la importancia del otro para sostenerse en escena, la creación colectiva y la escucha, como posicionamiento de no negar al otro, sino de construir con el otro.

Danza

Los martes el tango ocupa el centro cultural, como eje del taller de danza de Gabriela Farías. Como se trata de una danza de encuentro –en la que se construye con y a partir del otro–, el tango permite trabajar el cuerpo, el movimiento y las relaciones, construyendo habilidades y sensibilidades particulares. Para la tallerista, esta danza compleja, además de una gran riqueza técnica, contiene un fuerte componente social que permite la integración, la posibilidad de estar juntos, encontrar y abrazar, activando la apropiación de la danza a través del disfrute y el afecto.

Creadores

Otro taller de los martes es el de expresión corporal, ofrecido por Mariela Prieto. Nombrado Creadores, busca entrenar la conciencia y el contacto corporal individual, focalizando en los puntos de contacto y sus posibilidades de movimiento, estimulando y promoviendo la escucha grupal. La idea es profundizar el lenguaje corporal con aportes de otros lenguajes artísticos, como la expresión plástica, la escritura, la música y la técnica de danza contact improvisación, en la cual el movimiento se explora y desarrolla desde la improvisación, a partir de determinados puntos de contacto físico. Aunque se tome en cuenta el producto artístico, el enfoque de la propuesta está en el sujeto de la creación y lo que ocurre en el proceso creativo. La grupalidad es un aspecto central para el taller.

Coro

Los miércoles el tallerista Roberto Pereira hace del coro una propuesta cultural socioeducativa con vistas a desarrollar valores de convivencia, cooperación, sentido de pertenencia, autoestima, contención, respeto y valorización de las diversidades. Este proceso es acompañado por el aprendizaje de técnicas de canto, como la colocación de la voz, respiración, afinación, postura corporal, dicción y sentido del ritmo. Además se trabaja el manejo del escenario, la postura frente al público y el análisis e interpretación de textos cantados.

Cine y Cine foro

Jorge Fierro, el tallerista de cine (los miércoles) y cine foro (los jueves), también busca un recorrido ecléctico en sus clases, haciendo circular la palabra y trabajando la creatividad narrativa, con énfasis en cómo el cuerpo, las acciones o las miradas dan cuenta de sentimientos, sensaciones o deseos de los personajes. Además de actuar las historias y manejar la cámara, los participantes ven lo filmado y lo analizan críticamente. Eventualmente se cambia la ficción por el documental. Los jueves, el cine foro busca explorar el acceso y la reflexión en torno a películas variadas (los participantes pueden elegir lo que quieren ver), teniendo en cuenta que la expresión no se da únicamente en forma de palabras, sino también en aplausos, risas, llantos, enojos, aprobación y disgusto.

Improvisación y composición sonora

Los jueves el tallerista Valentín Abitante aborda el trabajo musical-sonoro desde una perspectiva no tradicional, sin las nociones clásicas de “notas musicales”, “tonalidad”, “compás”, “afinación” etc. El enfoque está en las características generales de cualquier sonido, como altura, intensidad, duración y timbre, lo que permite que cualquier persona participe, independientemente de tener o no conocimientos musicales o de manejar instrumentos. En el taller se dan a conocer a compositores del siglo XX, y paralelamente se intenta atender a las personas que cuentan con algún conocimiento de música tradicional o manejan algún instrumento clásico y desean encaminar sus búsquedas por el camino de la composición.

Taller literario

El taller literario, otra de las actividades ofrecidas los jueves en la casa, funciona desde los inicios de Urbano y actualmente tiene a Azul Cordo como facilitador. Con una base estable de integrantes entre vecinos y usuarios de refugios, se trata de un espacio abierto donde las personas se encuentran para leer, escribir y compartir conocimientos. De este proceso han surgido varias publicaciones de autor, de poetas que han descubierto sus posibilidades estéticas y expresivas en el taller, e intercambios con otros espacios literarios y artísticos. En base a la experiencia del taller se han generado bibliotecas y espacios literarios en refugios nocturnos, además de espectáculos que unen la poesía con la música y el audiovisual.

Crearte

Los viernes son días de “Crearte”, taller de expresión plástica que busca el acercamiento a lo simbólico, el acceso a la representación-abstracción, al descubrimiento de nuevas maneras de escuchar en un grupo, de sentir el cuerpo y crear nuevos lenguajes con él. El formato del taller de Claudia Baico se desarrolla a partir de diversos materiales, teniendo como base principalmente el barro (arcilla) y la pintura. Se suman otros materiales de dibujo y collage, dependiendo de las necesidades del grupo. El valor del trabajo está puesto en el proceso y no sólo en el objeto final; el objeto es testimonio del proceso que es sostenido y multiplicado a través del trabajo grupal.

Títeres

El taller de títeres, también ofrecido los viernes, tiene como objetivo impulsar la integración, la inclusión y el encuentro entre los participantes, desde la expresión y producción artística y cultural, considerándolo un ámbito que posibilita el diálogo y la construcción de las diversas dimensiones de lo social. A cargo de Mariana Fernández, la metodología de trabajo apunta fundamentalmente a una construcción colectiva, teniendo el protagonismo como motor principal de su proceso expresivo y autónomo. Por medio de este lenguaje milenario, basado en “habitar”, “dar vida” a lo inanimado, se trabaja la transferencia sujeto-objeto, poniendo el sujeto a disposición de los objetos, centrando la atención en ellos y creando desde allí una serie de ideas y situaciones.

Teatro del Oprimido

El Teatro del Oprimido, la metodología lúdica y pedagógica sistematizada por el dramaturgo brasileño Augusto Boal (1931-2009), es visto como un instrumento eficaz de comunicación y de búsqueda de alternativas concretas para problemas reales. En Urbano el taller surgió como una respuesta a la necesidad de discutir sobre género en el entorno de los refugios femeninos. Así se conformó el grupo “Las Refugiadas”, con el cual la tallerista Norina Torres se propone investigar los diferentes ejercicios, juegos y técnicas teatrales que reúne esta metodología y crear un espectáculo de teatro foro sobre la temática que las integrantes encuentren dentro del proceso creativo.

Fotos: @UrbanoEspacioCultural

Fuente: Dirección Nacional de Cultura (DNC/MEC)

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Por IberCultura

En12, Jan 2017 | En | PorIberCultura

Usinas Culturales (2): el audiovisual como herramienta de inclusión y participación

En las Usinas Culturales de Uruguay se han producido videos de todos los tipos, y ni siempre vinculados a la música, como muestra el canal del programa en YouTube. Entre los más de 400 videos colgados en la plataforma hay videoclips, cortos de ficción y documentales de los más diversos temas. En barrios emblemáticos de Montevideo, como el Cerro (donde se afincaron inmigrantes de las más distintas procedencias) y Barrio Sur/Palermo (la cuna de la cultura afrouruguaya y del candombe), la relación entre cultura, identidad y territorio es destacada en las producciones del programa, que desde 2009 lleva adelante la Dirección Nacional de Cultura del Ministerio de Educación y Cultura.

“Cerro y Palermo son zonas con identidad muy propia. La gente defiende el barrio, hay un lado comunitario muy fuerte, los vecinos se ayudan. Nunca hay plata, sin embargo muchos proyectos salen adelante por la fuerza de la sociedad organizada, que se junta y mueve. Los recursos son bajos, pero tienen ideas y quieren hacer cosas”, comenta el técnico Manuel Larrosa, responsable del área de audiovisual de la Usina Cultural Cerro desde 2014.

Manuel Larrosa, técnico audiovisual de Usina Cultural Cerro

La Usina del Cerro se inauguró mediante un convenio firmado en 2009 entre el Programa APEX (Aprendizaje y Extensión de la Universidad de la República) y la Dirección Nacional de Cultura. Es una de las 17 Usinas Culturales que se han instalado en Uruguay (ocho están en Montevideo) con el objetivo de promover el potencial creativo de los ciudadanos a partir del uso de las nuevas tecnologías.

(Foto: Usina Cultural Cerro)

Infraestructura

Las Usinas son centros regionales donde los vecinos pueden grabar música o video gratuitamente. Algunos están dotadas de estudios de grabación musical y equipamiento de video, otras sólo tienen la parte musical o la audiovisual. Las que tienen las dos áreas, audio y video, cuentan con un técnico audiovisual y un sonidista contratados por 30 horas semanales (el Ministerio de Educación y Cultura se encarga de los sueldos de los técnicos). En el caso de la Usina del Cerro, Manuel Larrosa es el responsable audiovisual, y Max Capote el encargado del sonido.

Manuel y Max a veces trabajan juntos en proyectos “dos en uno”, filmando a los músicos en el estudio mientras graban sus composiciones. “Es más fácil, inclusive porque en general el músico, si le sacan el instrumento, no sabe qué hacer, no sabe actuar. En el estudio, protegido con su instrumento, se siente cómodo”, justifica Manuel. Las ideas que llegan de la comunidad, sin embargo, son muchas y abarcan varios temas, géneros y públicos. Van desde huertas en centros educativos y Ajedrez para la Convivencia (programa llevado por el Ministerio de Educación y Cultura) hasta la movida under y alternativa de la cultura montevideana (Tevé Alterna).

Dando las herramientas

A veces los vecinos vienen con proyectos ya armados y la Usina les apoya de alguna manera. “Hace unos meses una banda hizo un videoclip involucrando a una compañía de teatro del Cerro. Vinieron con un guión, con un tema ya producido, y dijeron: ‘Necesitamos que ustedes nos filmen’. Entonces sumamos las fuerzas. Este es un proceso ideal, pero muchas veces pasa lo contrario, vienen con una super idea, pero no tienen ni idea de cómo llevarla a cabo.”

El ideal, según el técnico, es que los proyectos partan de los usuarios, y que ellos se los muevan. “No somos una productora de video”, aclara. “La filosofía de Usinas es darle a los usuarios las herramientas y el conocimiento para que se independicen. La primera vez les damos una cámara, les ayudamos y estamos ahí con ellos. La segunda vez les damos la cámara y un asesoramiento. La tercera vez les damos la cámara y lo filman solos.”

Uno para todo

Para Manuel la experiencia de trabajar en el Cerro ha sido un “gran descubrimiento”. “Por más que había trabajado en ambiente público, cuando uno dice población de bajos recursos, contexto crítico, vos no sabés lo que vas a enfrentar hasta que estás ahí”, afirma el técnico, que es licenciado en comunicación y empezó a trabajar en el barrio considerándose cercano al audiovisual comunitario, inclusive por haber cursado en universidad pública. La realidad, sin embargo, fue un poco más difícil de lo que pensaba.

“Vengo del audiovisual fuerte, he hecho películas con mecánica industrial, donde cada uno se encarga de una parte muy específica. A mí me resultaba difícil lo comunitario al comienzo porque aquí soy el que hace todo, tengo que filmar, editar, hacer la parte de sonido, los guiones…”, explica.

Compartiendo tareas

Manuel cuenta que para llevar a cabo los mayores proyectos, los técnicos audiovisuales de las Usinas empezaron a juntarse y a repartir las tareas. “El último concurso de guiones, por ejemplo, fue enorme. Como el premio era realizar un corto, no hubiera sido posible si no hiciéramos eso de juntarnos”, comenta.

El concurso de guiones, que busca difundir la mirada de los jóvenes en torno al consumo de drogas, está en su tercera edición. La convocatoria cerró el 28 de noviembre de 2016 y tuvo como ganador Una noche para el recuerdo, con guión de Guillermo Trochón. El premiado recibirá $15.000 (pesos uruguayos) en equipamiento audiovisual y producirá el corto junto a Usinas Culturales. (El salto y Fruta fueron los ganadores de los concursos anteriores.)

En colaboración

Además de las iniciativas de los vecinos, los videos realizados en las Usinas también pueden partir de trabajos conjuntos con instituciones. En 2015, por ejemplo, en una colaboración con el Instituto Nacional de la Juventud (INJU), la Usina del Cerro hizo un proyecto con el grupo Jóvenes en Red sobre los estudiantes de un liceo que, decididos a juntar plata para un campamento, pidieron permiso para usar la cocina industrial en las vacaciones de julio para hacer pizzas, muffins, tartas, alfajores, etc, y venderlos dentro y fuera de la escuela. “Fuimos a filmar eso y estuvo genial”, elogia Manuel.

Otra experiencia marcante fue la producción del documental sobre el Paisaje Industrial Fray Bentos, declarado patrimonio mundial en 2015. En vez de hacer un simple video sobre la celebración de la declaración de la Unesco, se decidió entrevistar a los habitantes de la localidad y a ex trabajadores del frigorífico Anglo, que allí funcionaba, para que aquello quedara como un testimonio, algo para el futuro. “No queríamos filmar los fuegos artificiales”, justifica el técnico. “Preferimos entrevistar a los veteranos que habían trabajado en el frigorífico en la época de oro, los años 50, 60, y fueron testimonios increíbles.”

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En30, Nov 2016 | En | PorIberCultura

Usinas Culturales: amplificando las músicas, las voces y la potencia creativa de los barrios

“Quiero aprovechar este momento para hablarle a la gente del barrio. Salgamos de la queja habitual para pensar sobre lo que estamos viviendo y buscar el camino de esperanza, que todos nos merecemos. De parte de su servidor, Don Cony.”

Don Cony, el rapero que deja este mensaje en la introducción del videoclip “Yo soy Marconi”, es Aníbal González, un joven como tantos otros que crecieron en comunidades pobres de Montevideo. Dejó de ir a la escuela al sexto año, tuvo que buscar trabajo para ayudar a su madre a criar los siete hijos, encontró muchas puertas cerradas. Sin embargo, eligió la música para seguir adelante. Y se dio a conocer con este tema que habla de prejuicios y esperanza, visto más de 173 mil veces en YouTube desde su publicación, el 29 de marzo de 2012. El video, rodado en las calles del barrio Marconi, es una realización de la Usina Cultural Casavalle, una de las 17 Usinas Culturales que existen en Uruguay.

 

Las Usinas Culturales son centros regionales equipados con salas de grabación musical y equipamiento para la producción audiovisual, con la intención de promover el potencial creativo de los ciudadanos a partir del uso de las nuevas tecnologías. Se trata de un programa de la Dirección Nacional de Cultura (DNC) del Ministerio de Educación y Cultura, que busca descentralizar el acceso a la producción cultural, instalando y desarrollando infraestructura en lugares que tengan un notorio déficit, y dirigiendo sus actividades especialmente a adolescentes y jóvenes en situación de pobreza. Para que jóvenes como Don Cony puedan grabar sus proyectos musicales o audiovisuales en estos centros, basta agendar las sesiones. El servicio es gratuito.

Antecedentes

Las Usinas Culturales son parte de un proyecto de ciudadanía cultural defendido en la última década por el Ministerio de Educación y Cultura, especialmente en la gestión de Hugo Achugar como director nacional de Cultura (2008-2014). Su antecesor, Luis Mardones (2005-2008), había logrado una serie de cambios en las políticas culturales del país, incluso el de empezar la transformación de la Dirección de Cultura en la Dirección Nacional de Cultura –pasando a tener más presupuesto y a poder ejecutarlo.

En 2009, ya con Achugar al frente de la DNC, se creó el Área de Ciudadanía Cultural (antes, “Cultura e Inclusión social”; actualmente, “Ciudadanía Cultural y Territorio”), con la cual se introdujo en las políticas públicas del Estado la noción de ciudadanía cultural y de derechos culturales, haciendo que una política pública en cultura no fuera sólo para artistas o para un sector específico, sino para todos. A partir de ahí se pasó a dar más atención a las poblaciones más vulnerables. Se crearon más talleres dirigidos a niños, niñas, adolescentes, adultos mayores, pacientes de hospitales psiquiátricos, reclusos, soldados.

En este contexto surgió el programa Usinas Culturales. La primera se instaló en Salto, en el litoral Norte de Uruguay, en marzo de 2009 –“muy tímidamente”, como observa Gabriel Grau, coordinador general del programa. Después vino una sucesión de usinas, 3 o 4 abiertas al año en el país. Actualmente existen 8 en el interior y 9 en Montevideo. O “8 ½”, ya que una de ellas, instalada en COMCAR (Complejo Carcelario Santiago Vázquez), hoy ya no es un estudio de grabación como al comienzo, sino un taller de video en la llamada “comunidad educativa” de la cárcel.

 

A pedido de la gente

De las 17 Usinas Culturales existentes en Uruguay, algunas están dotadas de estudios de grabación de música y de video, otras tienen solo la parte musical o solo la audiovisual. La mayoría surgió por medio de convenio con la Intendencia, la municipalidad, que otorga un espacio en comodato para que el MEC instale una usina. Lo interesante es que hoy no se trata solamente de un acuerdo político. “Hace dos o tres años que la sociedad civil nos demanda eso. A mí no me llama más el intendente o un funcionario de la Intendencia. Me llama la gente. Dicen: ‘¿cómo hago para tener una usina?’”, cuenta Gabriel.

usina-palermoGeneralmente se trata de un edificio municipal (en el que la Intendencia ya paga agua, teléfono, luz), pero hay dos casos de Usinas Culturales instaladas por convenio firmado con asociaciones civiles: las de Bella Italia y Palermo. “La gestión es de la sociedad civil, nos pidieron una usina y ahí están”, comenta el coordinador. En estos dos casos, el MEC colabora con algún dinero al año, algo mínimo para que se puedan sustentar, y se encarga de los sueldos de los técnicos que allí trabajan.

La gestión de la Usina Cultural Bella Italia, por ejemplo, está a cargo de una comisión de vecinos. El centro se inauguró el 31 de agosto del 2013 y funciona dentro de El Mercadito Bella Italia. A través de un proyecto que presentaron vecinos de la zona y votaron en 2011 al Presupuesto Participativo de la Intendencia de Montevideo, se pudieron realizar mejoras edilicias, la instalación de una sala de ensayo y grabación de sonido y la compra del equipamiento técnico y amplificación necesarios.

La Usina Cultural Palermo, a su vez, está situada dentro de la Casa de la Cultura Afrouruguaya. Una construcción que data de aproximadamente 1865, y que estaba en derrumbe hasta que se consiguió el apoyo financiero de la Cooperación Española para que abrigara este espacio de la colectividad afro de Uruguay. La casa, que está abierta desde diciembre de 2011, es una institución sin fines de lucro, con su propia comisión directiva (Edgardo Ortuño es su presidente), dedicada a promover el conocimiento, la valoración y difusión del aporte de los afrodescendientes y su acervo histórico, así como la creación y recreación de sus manifestaciones artísticas, culturales y sociales.

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La cultura afrouruguaya

Inaugurada el 2 de setiembre del 2014, la Usina Cultural Palermo cuenta solamente con un estudio de grabación de música. Trabajan allí dos técnicos sonidistas —Fernando Núñez y José Redondo— 30 horas por semana, grabando músicos de variados estilos y ritmos, especialmente el candombe (a los Barrios Sur y Palermo se los conoce como la cuna de la cultura afrouruguaya y del candombe).

Fernando Núñez tiene 35 años, es percusionista y luthier. Viene de una familia de músicos que hace algunas décadas fabrican instrumentos de percusión. Hijo de un músico y artesano constructor de tambores, es el primero de la familia que se dedica profesionalmente a eso. “Los otros hacían cuando se podía”, comenta el técnico, que también aprendió a hacer guitarras en la UTU (Universidad del Trabajo del Uruguay), la escuela nacional de artes y oficios, y está involucrado en una serie de proyectos musicales, la mayoría relacionados con el candombe.

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Gabriel Grau y Fernando Núñez

“El candombe antes era una cultura más de gueto, en estos barrios (del Sur y Palermo), y pasó a ser más popular, de carácter nacional”, compara Fernando. “En la dictadura quisieron sacar a la gente de estos barrios que estaban cerca de puerto, donde vivían los negros y muchos inmigrantes. Tiraron abajo los conventillos, las casas modestas donde se alquilaban cuartos. Entonces la cultura se repartió en principio por otros barrios y desde estos barrios un poco hacia al exterior. Eso de que el candombe esté en otros países nació con los uruguayos que se fueron con la dictadura. Ahora está en todos lados.”

A Fernando le gusta trabajar allí. “Además de ser una oportunidad, todos los días se aprende algo. Vienen músicos de todo tipo, de todo nivel. Siempre se está aprendiendo algo nuevo, formas diferentes de hacer las cosas. Está buenísimo”, afirma. “La idea principal es impulsar, dar una fuerza para el arranque, sobretodo a los proyectos. A muchos les sirve, son pocos los que pueden vivir de un solo proyecto en la música. Se tiene que tener varias cosas. Yo cuando arranqué con mi primera banda, hace 10 años, el primer demo que hicimos nos salió unos 700 dólares”.

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El lado B

Si no existieran las Usinas Culturales los jóvenes de la periferia uruguaya probablemente dejarían de grabar sus músicas. “Hay un sonidista que dice que estamos registrando desde hace años el lado B de la Cultura. El lado B es aquel que no puede pagar un estudio ”, resalta Gabriel Grau. “Y lo que se graba por día es tremendo. (…) En el lado Norte de Montevideo, por ejemplo, vienen muchos chicos de 12, 13, 14 años, que escriben letras y rapean. Esto es lo más básico, pero se graba todo tipo de música, candombe, jazz, grupos de percusión con instrumentos no convencionales.”

Fernando comenta que a él conoció a mucha gente, buenos músicos, de estilos que ni sabía que se hacían allá, y lo haciéndolo bien. “Vienen muchas bandas juveniles, y a mí me sorprendió el nivel que tienen algunos jóvenes. Hay de todo, pero en general hay un nivel bastante bueno, de medio para arriba”, afirma. “Yo conozco a unos tantos que arrancaron haciendo un demo en una Usina y ahora quieren hacer un disco por otro lado. Quizás si no hubieran hecho el demo no habían ganado la confianza o demoraría mucho más.”

Octubre, noviembre y diciembre son los más llenos en los estudios. Hay días, por ejemplo, que el estudio se llena de alumnos de una escuela de iniciación musical de primaria, una escuela pública uruguaya donde se aprende guitarra, trompeta, canto. Son muchos, que llegan en varios grupos y pueden grabar hasta 30 temas gratuitamente. Lo único que la gente tiene que hacer es agendar. “Se puede esperar un mes y medio, depende de la temporada. Hay momentos que las Usinas tienen más cantidad de gente, otros menos. Depende también del lugar donde están instaladas”, dice Gabriel.

A los vecinos

La Usina que hay dentro del Hospital Psiquiátrico Vilardebó, por ejemplo, se abrió pensando en los pacientes, pero la usa también la gente que vive a los alrededores. Así como la Usina Cultural Durazno, que está en una base aérea y no se encuentra solamente al servicio de los funcionarios de esa unidad militar, sino de los ciudadanos del departamento de Durazno.

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La Usina de Durazno está en una base aérea

La de Durazno es la décima Usina Cultural, inaugurada el 31 de enero del 2012, por medio de un convenio con el Ministerio de Defensa. “La idea de tener una Usina en una base aérea era que accediera a los soldados, los que ganan poco dinero. Hay muchos que de día tocan en las bandas militares y de noche en las bandas tropicales (música tropical es la que se baila)”, explica Gabriel.

Los grupos de soldados, sin embargo, fueron en menor cantidad de la que esperaban. La mayoría de los que graban en este estudio los fines de semana (de lunes a viernes no se puede grabar ahí porque al lado está la pista de aterrizaje de los aviones) es la gente de la localidad, el pueblo de Durazno.

La de Vilardebó, a su vez, es una de las más recientes, la 16ª, y está instalada dentro del Centro Diurno del Departamento de Rehabilitación del hospital. Surge del convenio firmado entre la Dirección de Salud Mental y Poblaciones Vulnerables de ASSE (Administración de Servicios de Salud del Estado) y la Dirección Nacional de Cultura con la siguiente consigna: “La cultura atraviesa rejas y derriba muros, poniéndole alas a la mente”.

 

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Por IberCultura

En19, Nov 2016 | En | PorIberCultura

Esquinas de la Cultura: reconociendo y apoyando las expresiones de cada barrio

En Montevideo existe un programa que hace una década se dedica a apoyar el desarrollo de la cultura comunitaria, creando y potenciando espacios públicos –como lugares de creatividad, información, diálogo e intercambio– para promover la participación y el protagonismo de los ciudadanos en la vida cultural. Este programa se llama Esquinas de la Cultura y es desarrollado desde 2005 por la Intendencia de Montevideo en los ocho municipios del departamento.

Para cumplir con sus propósitos, Esquinas de la Cultura interviene en más de 100 espacios públicos de referencia cultural en todo departamento. Como cada municipio tiene sus peculiaridades –las poblaciones de la costa tienen un cotidiano muy distinto de las que están en las periferias–, los objetivos del programa, aunque sean los mismos, son adaptados a la realidad de cada lugar.

Un municipio puede contar, por ejemplo, con talleres gratuitos de teatro, hip hop, tango y percusión. Otro, además de estos, puede ofrecer a la comunidad clases de danza, guitarra, capoeira, circo, murga, escultura, xilografía, maquillaje, canto, salsa, artes plásticas… En 2015, 3 mil personas accedieron a 173 talleres gratuitos de varias disciplinas en los barrios montevideanos. El programa también apoyó 560 actividades culturales desarrolladas por vecinos y vecinas el año pasado.

Proyecto Esquinas

Fotos: Programa Esquinas

Los antecedentes

Esquinas es una parte fundamental de la política de desarrollo de cultura a nivel territorial del departamento de Montevideo. Un largo proceso de descentralización, que empezó en los años 90 partiendo de la constatación de que en Montevideo estaba todo muy concentrado en los barrios sureños y de la costa.

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Alba Antunez, coordinadora del programa

“La red de salas, los teatros, las salas de música, los cines, los museos, todo relacionado más ortodoxamente a lo que se entiende por cultura estaba muy centralizado, muy focalizado en un pedacito del departamento. Entonces el primer planteo fue el de mirar un poco más allá de esta centralidad, llevar lo que había acá hacia allá”, cuenta Alba Antúnez, coordinadora del programa.

En aquel primer momento, el instrumento para llevar lo que estaba en el centro hacia fuera fue una carpa de espectáculos que salía a los barrios más alejados y ahí se instalaba por 10 o 15 días. Se llevaba dentro de la carpa un buen escenario, un buen audio, y allí se circulaban espectáculos de danza, música, teatro, títeres, plástica etc, en los cuales los vecinos participaban de forma gratuita.

“Una primera cosa buena fue la interacción con los vecinos, y que ellos opinaran sobre eso. El segundo paso grande fue la posibilidad de que llegaran talleristas a los barrios. que permitieran a los vecinos expresarse en torno a disciplinas artísticas”, añade Alba, refiriéndose a los talleres de teatro y las murgas, entre otras actividades que pasaron a llegar a los barrios cerca el año 2000.

El Programa Esquinas de la Cultura surgió cuando se vio que era necesario no solo llevar lo que había en el centro hacia los barrios, sino reconocer lo que había en los lugares, las muchas expresiones artísticas y culturales propias de Montevideo que necesitaban ser atendidas. “La fortaleza que este programa tiene es que por primera vez se pone un pie en el barrio, en el territorio, planteando el reconocimiento de lo que existe”, afirma Alba Antúnez.

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Los objetivos

Pasados 10 años, el programa sigue trabajando sobre tres objetivos centrales: 1) el reconocimiento y la potenciación de lo que ya existe en cada lugar, tratando de que esto crezca, de que se conozca; 2) el mantenimiento de la línea de intervención con talleristas en diferentes lugares, tratando de nuclear la gente en torno a disciplinas artístico-culturales que les permitan expresarse; y 3) la transversalización de la ciudad, que la gente que vive en un barrio vaya a la otra punta de la ciudad y lleve su producto.

El segundo objetivo, de hacer que la gente se exprese a través de diferentes disciplinas, permite a las personas descubrir potencialidades de sí mismo, que no conocían, que le gusta cantar, que le gusta bailar, etc. Es también una manera de posibilitar el encuentro de vecinos y vecinas en torno a la creación, cualquiera que sea, una interrelación con base en el artístico cultural, algo diferente de las pautas con las que se relacionan cotidianamente en su comunidad.

“En esta intervención privilegiamos los procesos de creación al producto final”, dice la coordinadora. “Pensamos que debe haber un producto porque eso tiene que ver con el crecimiento del grupo en que se está trabajando, con la posibilidad de que se concrete en algo lo que trabajaron en el año, y eso pueda ser mostrado a la comunidad, que eso tenga un ida y vuelta con su comunidad. Nos importa que exista un producto al final del proceso, pero no es el producto el objetivo esencial, sino el proceso creativo. El producto tiene que ser siempre resultado de ese proceso creativo.”

No es válido para ellos que un tallerista de teatro diga “bueno, tendremos al fin del año Romeo y Julieta y vamos a hacer un casting entre los vecinos”, que diga que tal vecino sirve para el personaje tal, tal para ninguno, y por lo tanto cierra y abre la puerta o prende la luz. “Eso no sirve para nosotros, todo mundo tiene que tener un lugar en el grupo”, resalta Alba. “Y por supuesto puede haber un lineamiento general, una idea primaria, pero lo que se haga va a tener que ser creado por el grupo. Si es un texto, va a ser recreado, va a ser hecho por la gente, va a tener la impronta local. En el mejor de los casos, será un guión creado por los vecinos.”

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Identidad y realidad

En los productos que se presentan a las comunidades, el público es siempre parte del espectáculo. Y muchas veces es parte activa de lo que se presenta, porque ahí están sus propias historias, su propia identidad, porque se pone sobre la mesa los temas que realmente interesan a la comunidad.

En los barrios donde el problema más sentido por la gente es la inseguridad, por ejemplo, un debate sobre el tema tal vez sea difícil de encarar. Sin embargo, si hay un espectáculo en que la murga de niños del barrio plantea el tema a través de una anécdota, es totalmente diferente. Las discusiones surgen a partir de la visión de los niños (o de los jóvenes, o de los mayores, lo que sea) sobre aquel problem,a y de ahí pueden venir los cambios.

“No obviamos la realidad de la gente. La realidad surge, sale en el guión del grupo de teatro, sale en plástica, en todos lados. Y a partir de ahí, los temas se problematizan y tienen algún nivel de intercambio más o menos profundo”, comenta Alba.

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Taller de expresión corporal

La transversalización

La idea es generar eventos con cualquier excusa. Un cumpleaños en el Cerro puede ser una buena razón para hacer el intercambio, para que la gente vea, escuche y viva lo que acercan las personas de otros barrios, para que se conozcan, vean cómo viven, cómo están. “Eso hacemos en todo Montevideo, y eso permite la transversalización de los ciudadanos, que los ciudadanos circulen, que se apropien de la ciudad, que la sientan suya”, afirma la coordinadora.

Si los vecinos de la periferia conocen poco el sur de la ciudad y no sienten como propias las salas de la centralidad, el programa intenta cambiar eso, viabilizando la llegada al Teatro Solís, por ejemplo, para que ellos se den cuenta que aquella importante sala les pertenece así como a cualquier ciudadano.

También lo hacen en la dirección contraria, para que los que viven en el sur vayan a la periferia, conozcan, vean que allí hay gente que crea, que vive igual a ellos. Y para que vean que en la periferia se mantienen valores comunitarios que se perdieron en los barrios más densamente poblados, como salir a la puerta a tomar mate o a ver como juegan los chicos el fútbol en la plaza.

“Lo que logramos con eso es fortalecer las redes culturales”, resume Alba. “Es generar puentes entre los ciudadanos, favorecer que se estrechen las brechas que se han generado y en muchos momentos están agrandadas entre sus culturas urbanas. Pensamos que todo esto aporta al fortalecimiento del tejido social, a cerrar un poco estas brechas, a hacer que la gente se sienta parte de algo y no parte del resto.”

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Títeres en la Escuela Esquinera

Los subprogramas

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Además de contar con un gestor cultural en cada municipio (los gestores trabajan vinculados a los alcaldes), Esquinas mantiene dos subprogramas. Uno de ellos, “Inclusión Social por el Arte”, está dedicado a las poblaciones más vulnerables, como las de asentamientos y realojos, buscando romper el aislamiento y alcanzar formas de comunicación que aporten a la integración. La otra sub área es la “Escuela Esquinera”, una escuela no formal de arte cuyo objetivo principal es la formación artístico-cultural de los vecinos y vecinas.

Creada en 2006, la Escuela Esquinera busca identificar, promover, integrar y apoyar las manifestaciones culturales que se generan en los barrios montevideanos. La idea es estimular la participación en el hecho creativo, promoviendo el desarrollo armónico de las personas y la comunidad, y privilegiando los procesos de aprendizaje sobre los resultados artísticos. En 2015 más de 120 personas participaron de los talleres de la escuela.

Para participar de los talleres de la Escuela Esquinera no es necesario requisito previo, ni estudios anteriores. Basta interesarse por uno de los cursos ofrecidos gratuitamente. Alba cuenta que en principio el proyecto estaba pensado casi exclusivamente para la gente del barrio que tenía poco acceso y no podía pagar un curso como este. Después, con la llegada de docentes que eran referentes en sus disciplinas, mucha gente se interesó por los talleres – incluso la gente de otros barrios, y no necesariamente sin condiciones de pagar.

“Terminamos por aceptar que fuera más misturado”, comenta la coordinadora. “Ponemos mucho énfasis en que venga la gente de los barrios, pero no invalidamos el ingreso de los otros, porque en definitiva al interno de la escuela lo que estamos logrando es lo mismo que queremos con la ciudad: que esté la población misturada, que ahí adentro ya se dé la interrelación que buscamos. Además, planteamos cuando alguien se inscribe al comienzo de año que la condición es que al segundo semestre haga tareas de extensión en la comunidad. Que esa gente apoye a otra gente, que reciba lo que la otra gente tiene para darle, y en eso hacemos imbricar la ciudad con todos y aportar convivencia ciudadana.”

Sepa más:

http://esquinas.montevideo.gub.uy/institucional

Radio Vilardevoz: comunicación participativa, salud mental y autonomíaRadio Vilardevoz: comunicación participativa, salud mental y autonomíaRadio Vilardevoz: comunicación participativa, salud mental y autonomíaRadio Vilardevoz: comunicación participativa, salud mental y autonomíaRadio Vilardevoz: comunicación participativa, salud mental y autonomía

Por IberCultura

En08, Nov 2016 | En | PorIberCultura

Radio Vilardevoz: comunicación participativa, salud mental y autonomía

Existe una sala multicolores en el mundo blanco y negro del Hospital Psiquiátrico Vilardebó, en Montevideo (Uruguay). Está al fondo del patio; tiene fotos y carteles colgados en las paredes, y algunas sillas donde todos los sábados se sientan hombres y mujeres, pacientes o no, en espera de su turno para hablar. Algunos van  para leer un poema, comentar una noticia, acompañar una entrevista, ver a un artista cantar, elogiar el trabajo del equipo, saludar a los oyentes. O solo para asistir a la fonoplatea, comer una pizza, tomar un mate. Participar.

En esta sala llena de colores, risas, abrazos y besos, funciona la Radio Vilardevoz 95.1 FM. Una “radio de locos”, de “locos por la radio”, nacida en noviembre de 1997, a iniciativa de un grupo de estudiantes de psicología que buscaban romper los muros del hospital psiquiátrico y hacer circular la palabra. Hace 19 años que se promueve desde allí la salud mental por medio de la libertad de expresión y autonomía.

En búsqueda de formas alternativas de tratamiento que contemplen los derechos y las opiniones de los usuarios, este colectivo de comunicación participativa ha logrado construir un espacio de encuentro, un espacio de resistencia antimanicomial dentro de un manicomio. Un lugar para quienes no tienen lugar –ni en la sociedad ni en el hospital–, coordinado por psicólogos que creen en el poder del diálogo, del habla y de la escucha, en la construcción del sujeto.

En (y con) la comunidad

La Radio Vilardevoz 95.1 FM se escucha por internet (http://www.vilardevoz.org). Es esencialmente una radio comunitaria, y no solamente porque su antena tiene alcance zonal, limitándose a los alrededores del hospital. Se trata de un proyecto comunitario en varios sentidos: a) es hecho por una comunidad, ya que sus participantes son personas que pasan o hayan pasado por alguna situación de padecimiento psíquico; b) trabaja en red, con otras organizaciones y movimientos sociales en Uruguay, y con la comunidad universitaria; y c) sale a la calle, al barrio, para que el diálogo pueda hacerse en y con la comunidad.

Apoyada en tres pilares – participación, comunicación y salud mental -, Vilardevoz se organiza en diferentes espacios de trabajo que se articulan entre sí para aportar al funcionamiento de la radio en general. El proyecto cuenta con talleres de escritura, digitalización y producción radial, un “taller central” (que funciona como una asamblea, un espacio político en el que el colectivo se reúne para tomar decisiones y pensar el hacer cotidiano), y un día de fonoplatea, de transmisión en vivo, abierta al público.

Once coordinadores –dos operadores de radio y nueve psicólogos (hay incluso una filósofa estudiosa de psicoanálisis)– se encargan de las actividades realizadas de manera autogestionada los martes, jueves, viernes y sábados. Algunas veces al año la radio sale del Hospital Vilardebó y se instala en algún punto de la ciudad. Son los días de los llamados “desembarcos”.

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Las intervenciones

“Los desembarcos son pequeñas intervenciones urbanas. Llevamos la fonoplatea a lugares donde parece que está bueno tender redes, donde se puede contribuir con esta comunidad, generar intercambio, hacer actividades de sensibilización, traspasar los muros”, explica Laura Reina, una de las psicólogas coordinadoras de Vilardevoz.

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La psicóloga Laura Reina

El nombre “desembarco”, como cuenta Laura, es una metáfora con la “nave de los locos”, el método que se usaba en la Edad Media para excluir “el loco” de la sociedad: se lo metían en un barco que salía a deriva, y que no volvía. Aquí, al contrario, se trata de un barco que vuelve, “que no queda perdido en el medio del mar, sino que desembarca en un lugar y genera un espacio donde se pueda decir, donde se da la voz a quienes estaban silenciados”. Aquí, cuando el loco vuelve, toma el micrófono y cuenta lo que pasó en la travesía. Tiene muchas cosas que decir.

Tanto los desembarcos como la fonoplatea surgieron como una estrategia por el hecho de que la radio no tuviese antena en su comienzo. “Digamos que fue una forma creativa ante las negativas de poner una antena en el propio hospital”, comenta la psicóloga Cecilia Baroni, coordinadora de la fonoplatea y una de las fundadoras de la radio, que tiene frecuencia legal desde 2011. “Pensando en cómo sacar esas voces e incidir en un imaginario social donde prima que el loco es delirante, peligroso etc, estos dos dispositivos han sido de una potencia increíble para irnos por ahí o invitar a quien queramos a nuestra fonoplatea e ir acercando el afuera y el adentro y viceversa”.

La fonoplatea

Los sábados por la mañana pasan por la sala multicolores del Hospital Vilardebó no solamente los participantes de los talleres del proyecto sino algunos vecinos, amigos, estudiantes, artistas invitados y entrevistados de diferentes áreas, además de personas en situación de calle que ahí encuentran un lugar donde son respetados, pueden comer algo y charlar un poco.

El sábado 15 de octubre, por ejemplo, fue el día de la 2ª Fiesta Antimanicomial de Vilardevoz. La fonoplatea contó con la presencia de los cantautores Abel García y Carlos Garbarino, del músico Santiago Martínez (integrante del grupo Milongas Extremas) y del diputado Gerardo Núñez, que acompaña las discusiones sobre la nueva Ley de Salud Mental que llegó al Parlamento. Como era día de fiesta, la transmisión terminó con los tambores del candombe. Los días “normales”, aunque sin batucadas, también suelen ser festivos.

Es fácil ver cómo los participantes de Vilardevoz encuentran su lugar en la sala multicolores del hospital. ¡Y cómo les gusta hablar! Prácticamente todos los que entran en la sala (se puede entrar y salir a cualquier hora durante la fonoplatea) quieren tomar el micrófono y decir algo. Algunos hablan desde las sillas de la platea, otros se alternan en la mesa.

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Gerardo, el Filósofo

A Gerardo, “el filósofo”, le gusta leer sus poemas durante la fonoplatea. A Miguel Pérez también, aunque tenga dificultad para hablar y necesite de ayuda para hacerlo. El sábado 15 de octubre, Miguel leía sus escritos y enseguida Cecilia los repetía ante el micrófono: “(…) La radio es mi compañera/ La compañera que me hace falta/ Es una buena compañera…”

Al centro de la mesa, el locutor Manuel Furtado comanda los trabajos con un entusiasmo conmovedor. Entrevista, lee noticias, hace los anuncios comerciales de las tiendas del vecindario, cuenta historias, canta junto a los artistas invitados, se muestra contento la mayor parte del tiempo en que está en el aire. “Manuel siempre soñó hacer radio, escuchaba y ensayaba solo. Ser locutor en Vilardevoz potenció ese sueño y, sábado a sábado, al hacer radio en vivo, se va perfeccionando y reinventando un lugar, así es con cada uno”, comenta Cecilia Baroni.

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Cecília Baroni, Miguel Pérez y Manuel Furtado

La participación

En Vilardevoz, en vez de pacientes, todos son participantes, audiencia y protagonistas. Además de las transmisiones en vivo de los sábados, trabajan en la producción de los programas a lo largo de la semana, redactan los boletines informativos, escriben para la página  web, preparan las entrevistas, graban spots, discuten los temas que les interesan – del fútbol a las campañas en pro de políticas inclusivas de salud mental en el país.

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Gustavo, “el Kamikaze”

Los vecinos ya los reconocen por las voces. “Cuando salgo a la calle a pie algunos dicen: ‘Ah, vos sos de Vilardevoz’. Eso me gusta, me enriquece, no me siento solo”, afirma Gustavo Bautista, el “kamikaze”, uno de los participantes más sonrientes, a quien le gusta escribir y preparar entrevistas, además de cantar y tocar guitarra.

“La participación en Vilardevoz es voluntaria, es libre. La puerta de entrada es la fonoplatea, porque es un espacio abierto, más lúdico, más flexible. Lo que intentamos es que esa primera participación, más espontánea, empiece a tener una cierta estructura, que pueda ser trabajado lo que se va a presentar en la radio. Para eso tenemos instancias específicas, en las cuales podemos trabajar las producciones que ellos traen, quieren mostrar o quieren decir”, resalta Laura Reina, que está en el proyecto hace siete años y coordina (con Andrés Jiménez) el taller central. En este taller, realizado los jueves, se toman las decisiones referentes al proyecto en general: adónde quieren ir, qué quieren trabajar, cómo dar forma a las cuestiones que van surgiendo en el cotidiano. “Es un espacio político, un espacio de producción simbólica, para dar significado y trascender también”, añade Laura.

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La formación

La radio tiene una doble inserción, en el hospital y la universidad. Vilardevoz ofrece  desde el 2000 pasantías para estudiantes de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República. En estos años, a través de la pasantía, han pasado por el hospital por lo menos 160 estudiantes de psicología. Además, allí se realizan diversos trabajos tanto de extensión, investigación o trabajos finales de cursos de varias disciplinas.

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Para Laura Reina, el tema de la formación es imprescindible. “Estamos peleando para que se puedan integrar las diferentes dimensiones del ser humano en los abordajes en salud mental, y para eso hay que formar gente. El ejercicio desde acá contribuye a la formación desde esa perspectiva, de tolerancia a la diferencia, de rescatar lo sano y lo que cada uno tiene para aportar…También es un ejercicio desde adentro porque muchos profesionales que trabajan con la salud mental ayudan a generar el mito del loco, a etiquetar, a excluir, a estigmatizar. Desde las prácticas estamos intentando cambiar eso. Es una lucha constante, cotidiana.”

Para Cecilia Baroni, por tratarse de un proyecto que no cuenta con financiación de ningún tipo, las pasantías han sido una buena forma de ir dando cuenta de Vilardevoz y de que la experiencia, además de legitimarse a nivel social, también ponga a discutirse en otros ámbitos, como los académicos, los científicos y los políticos. “Esto nos ha permitido permanentemente rediseñar Vilardevoz, así como contar con más gente para cumplir con los objetivos que año a año nos vamos proponiendo”, comenta.

“Las pasantías han sido un desafío constante a leer, producir, pensar juntos y generar un ‘entrenamiento’ en habilidades sociales varias: presentar el espacio, recibir gente, apropiarse de otra manera de un saber que solo los llamados ‘locos’ tienen y ponerlo en diaĺogo con saberes académicos u otros saberes en general”, cuenta Cecilia. “Vemos con mucho orgullo cómo (los estudiantes) han incorporado y por lo tanto multiplicado una forma de pensar e intervenir en el campo de la salud mental”.

Del manicomio al Parlamento

El barco de Vilardevoz suele salir del Hospital Vilardebó unas tres o cuatro veces al año. A veces más, a veces menos. “Los desembarcos son toda una movida, un paseo con comida etc, y como es un proyecto autogestionado la movida no es tan sencilla”, explica Laura Reina. En 2016 se llevó a cabo solamente un desembarco, el 25 de octubre, en la Facultad de Medicina, a invitación de la asociación de estudiantes. Además de mesas temáticas, hubo presentaciones y un recuento de lo que la radio ha realizado, desde el primer desembarco en Facultad de Psicología (2004) hasta la campaña “Rompiendo el silencio” (2011), por una Ley de Salud Mental justa, inclusiva y humanizadora.

Y si antes desembarcaban en diferentes departamentos discutiendo un anteproyecto de ley que fue truncado, ahora el contexto es otro. El 14 de diciembre del 2015 ingresó al Parlamento uruguayo el Proyecto de Ley de Salud Mental, y el 11 de octubre de 2016 se aprobó la media sanción de la ley en el Senado. También se creó una Comisión Nacional por Salud Mental con más de 50 organizaciones sociales.

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Olga Azikian, participante en la marcha (Foto: Rodrigo Collins)

“La nueva ley tiene avances importantísimos, porque teníamos una ley de 1936, llamada ‘Ley del Psicópata’, pero todavía hay algunas discrepancias”, afirma Laura. “Con respeto a los abordajes de salud mental, por ejemplo. Es una ley muy cerrada en una lógica médica, y estamos hablando de una situación multidimensional. El abordaje no puede ser estrictamente medicalizador. Es imposible pensar en salud mental si no se tiene dónde vivir, si no hay oportunidades para acceder a trabajo, vivienda, salud, si no hay programas para dar un poco más de equidad.”

Hace años que se lucha por una nueva ley, y la radio está siempre involucrada en marchas y campañas para sensibilizar a la población en general sobre la problemática de la salud mental y la pobreza en Uruguay, promoviendo el debate sobre la necesidad de un cambio de paradigma de la “enfermedad mental” al de la salud mental basada en la dignidad y el respeto.  

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(Foto: Rodrigo Collins)

El 18 de agosto de 2015 Vilardevoz presentó las “Ocho Razones para una nueva Ley en Salud Mental en Uruguay” en el edificio anexo del Palacio Legislativo, en una fonoplatea abierta con una mesa de intercambio con legisladores. “No hay salud mental si no es colectiva, si no se generan procesos de inclusión y debate permanente sobre lo que socialmente consideramos como salud y enfermedad así como sus formas de abordaje y tratamiento”, decía el documento.

El pasado 12 de octubre, las organizaciones sociales que actualmente integran la Comisión Nacional por una Ley de Salud Mental en Clave de Derechos Humanos marcharon juntas desde la Facultad de Psicología hasta la Plaza Libertad. Esta fue la V Marcha por Salud Mental, Desmanicomialización y Vida Digna en Uruguay. Los participantes de Vilardevoz, por supuesto, estaban en la gran movida, con carteles y cánticos de lucha contra la lógica manicomial que segrega y encierra aquello que es diferente.

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Cecília Baroni y Fabián Cabrera en la V Marcha por Salud Mental (Fotos: Rodrigo Collins)

Tres preguntas para Cecilia Baroni

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Cecilia es una de las fundadoras de Vilardevoz

1. Como coordinadora del día de fonoplatea, ¿puedes ver los avances de los participantes de varias maneras, del desarrollo de la creatividad al sentido de responsabilidad? ¿Qué es lo que más se ve? ¿Los participantes siempre tuvieron esas ganas de hablar?

En general una de las cosas que se ve más es el desarrollo de las habilidades comunicacionales y todo lo que implica hacer el ejercicio de hablar y ser escuchado, escuchar y emitir un mensaje para un otro (real o virtual) que nos vaya dando la posibilidad de salir del encierro institucional, pero también el que nos podemos generar nosotros mismos.

Andrés Jiménez, uno de los fundadores de la radio, lo primero que notó al comenzar al ir al hospital eran esas ganas de hablar, la definió como “máquinas de hablar”, donde lo hablado a veces no iba a ningún lado. Había una intención comunicativa pero las formas de abordar los distintos padecimientos hacían que esas palabras fueran desestimadas y por lo tanto no se diera un proceso de comunicación completo. O sea, se puede hablar pero no dialogar, y ahí comenzamos a pensar la importancia del diálogo, del ser reconocido, de pensar en el otro además de lo que me pasa a mí.

2. En tu opinión, ¿cuáles son los principales indicadores de que el trabajo ha valido la pena?

La misma participación y sus diversas modalidades es un indicador de que hacer esta radio con ellos ha valido la pena. En Vilardevoz no hay requisitos para participar, y en mi caso, voy todos los sábados y me sigue asombrando la cantidad de gente que somos cuando nos juntamos, así como las ganas de organizarnos para hacer que nuestras voces se escuchen. En Vilardevoz se trabaja lo que cada uno tiene y trae (…).

Luego tenemos otros indicadores que son muy importantes, como por ejemplo los niveles de pertenencia y de referencias que han hecho disminuir las internaciones o los ciclos de las crisis. Por último, en Vilardevoz no se patologiza ni se infantiliza a las personas.

El que habla ante un micrófono genera un proceso de responsabilidad ante uno, los otros y un colectivo y las formas de enunciar y denunciar lo que nos duele, dado que estamos en el entrecruce de una problemática compleja como lo es el de la locura y la pobreza, lleva a buscar diferentes formas de decir lo que pensamos.

3. Comparando los primeros años, ¿sienten la diferencia en la manera en la que las personas reciben a los participantes de la radio en las comunidades? ¿Hay menos prejuicio hoy en día?

Se siente la diferencia sí, aunque aún queda mucho por cambiar, pero el impacto amoroso que genera Vilardevoz en cada encuentro siempre nos deja pensando en por qué discriminamos, por qué no nos hablamos más, no nos abrazamos más, ¿no? Por más respuestas a nivel teórico que podamos tener, en Vilardevoz lo llevamos a la práctica y eso genera cambios.

Una compañera de Vilardevoz está haciendo su maestría y se propuso investigar los cambios que Vilardevoz ha generado en el imaginario social y se ha encontrado con la grata sorpresa de haber introducido la idea de “loco lindo”, lo cual es todo un logro. Si bien sabemos que aun persisten otros imaginarios, es muy alentador saber que hemos logrado incidir en eso, ya que es posible transformar algo, y dicen que las ideas es lo más difícil de transformar, así que vamos lento pero seguro.

 (**Texto publicado el 8 de noviembre de 2016)

Sepa más:

www.radiovilardevoz.org

Facebook Radio Vilardevoz

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Proyecto Árbol: comunicación participativa para fortalecer la identidad y el sentido de pertenenciaProyecto Árbol: comunicación participativa para fortalecer la identidad y el sentido de pertenenciaProyecto Árbol: comunicación participativa para fortalecer la identidad y el sentido de pertenenciaProyecto Árbol: comunicación participativa para fortalecer la identidad y el sentido de pertenenciaProyecto Árbol: comunicación participativa para fortalecer la identidad y el sentido de pertenenciaProyecto Árbol: comunicación participativa para fortalecer la identidad y el sentido de pertenencia

Por IberCultura

En24, Nov 2015 | En | PorIberCultura

Proyecto Árbol: comunicación participativa para fortalecer la identidad y el sentido de pertenencia

Parecía una tarea sencilla: el entrevistador debería ir a un barrio, parar a un morador y pedirle que contestara una pregunta cualquiera frente a la cámara. Simples ¿no? Para nada. “Decían que no tenían nada importante que decir. Eso era fuertísimo y era una sensación constante: los que hablan por la televisión son otros”, cuenta Juan Russi en uno de los programas Hacé y mostrá, de TV Ciudad, el canal cable de la Intendencia de Montevideo (Uruguay).

Juan Russi habla en plural porque incluye en su conversación a dos colegas de TV Ciudad, Andrea Ostuni y Florencia Villaverde, con quienes acabó creando un proyecto de televisión comunitaria para cambiar aquella realidad: el Proyecto Árbol. La iniciativa, desarrollada desde 2003 en varias localidades de Uruguay, surgió para poner a la gente en un lugar protagonista y mostrar que todos tenían algo que decir, que tenían que ser las voces de su barrio.

Juan, Andrea y Florencia decidieron crear este proyecto después de participar en un taller de videos comunitarios propuesto por un grupo de salvadoreños, en 2002. Enviados por la TV Ciudad, donde trabajaban, no tenían idea de lo que iban a encontrar y acabaron muy impactados con la experiencia. Y pasaron entonces a encarar el audiovisual de otra manera, a mirarlo desde una perspectiva comunitaria.

 

Primeros videos

En la etapa piloto, iniciada con la colaboración del canal Ciudad, fueron invitadas cuatro organizaciones a producir sus propios audiovisuales (aún se trabajaba con VHS) y contar historias sobre su localidad en videos de 10 minutos. Más que el resultado, lo que importaba era el proceso, la movilización, la integración de la comunidad en torno a la producción del video. La recepción fue tan buena que en poco tiempo había un montón de gente movilizada en torno a la iniciativa.

El primer año se trabajó con organizaciones comunitarias, que produjeron programas sobre los barrios Colón, Malvín, Cerro y La Teja. En 2004 se amplió la convocatoria a toda persona que deseara participar. Cerca de 40 grupos manifestaron interés y 10 de ellos se sumaron a los que estaban trabajando desde el año anterior. Y así el proyecto fue creciendo y llegando a otros puntos del país, involucrando a un público muy heterogéneo, desde los niños de escuela hasta los mayores de 70 años.

En 2009, además de comenzar a trabajar en otras ciudades uruguayas, no sólo en Montevideo, se fundó la Organización Árbol, “un medio de diálogo y de encuentro entre realidades diversas, un espacio abierto para la construcción de subjetividades, la recuperación de la memoria y de la cotidianeidad, para la creación de estéticas y narrativas propias”.

Entre 2009 y 2013, unos 100 grupos de diversas comunidades de Montevideo y del interior del país realizaron audiovisuales comunitarios y participaron de procesos de formación en comunicación comunitaria y todas las etapas de la realización audiovisual, de forma abierta y gratuita.

El proceso

La metodología de trabajo de Árbol implica apoyar a los grupos para que realicen sus videos. Para ordenar el proceso se propone que cada taller se enfoque en uno de los pasos necesarios para realizar un audiovisual comunitario. Se visualiza el tema a tratar,  la historia, de ahí se pasa al guión, luego se ven los elementos del lenguaje audiovisual, narrativos y técnicos, después viene la etapa de edición y de difusión.

Una vez realizado el video, se exhibe en la televisión o de forma online. Sin embargo, el proceso no termina ahí. Es necesario volver a la comunidad donde se trabajó y gestionar una proyección pública allí mismo, para todos. En una plaza, por ejemplo, con todos juntos, sentados delante de la pantalla. Y es así, con el autoreconocimiento, como comienza de hecho el diálogo entre los vecinos. O sea, cuando todo termina es cuando en realidad empieza.

 

Sin recursos

Tras la experiencia de 2013 el equipo del Proyecto Árbol no volvió a realizar talleres en las comunidades, porque eso requiere recursos, y no pudieron contar en el año 2014 con los apoyos históricos del proyecto. Siguen, sin embargo, buscando nuevas formas de financiación para poder darle continuidad y gestionando la organización de forma voluntaria, sosteniendo las áreas de formación, gestión, producción, los espacios de comunicación y el Colectivo, que es el órgano directivo de la Organización Árbol.

Desde el área de formación el equipo continúa el diálogo con los diversos grupos, comunidades, personas que se acercan por distintas inquietudes. Aunque no realice los talleres, continúa apoyando la realización de videos comunitarios de otras maneras, ya sea prestando equipos, juntándose con grupos realizadores para poder intercambiar su proceso, despejando dudas técnicas, etc, además de llevar a cabo y participar de otros proyectos.

 

Hacé y mostrá

Este año, el día 2 de octubre, se estrenó la cuarta temporada del programa Hacé y mostrá – Televisión comunitaria, en la cual se emiten los contenidos creados en el marco del Proyecto Árbol, además de otros contenidos comunitarios generados en la región.

En la emisión de 2015 se incluyen los videos del Proyecto Árbol 2013, que contó con dos ramas, es decir, dos procesos de formación y apoyo a los grupos para que produjesen sus videos. Fueron dos ramas territoriales que reunían a diversas comunidades de dos barrios montevideanos: Goes (participaron murgas, bandas, colectivos de la zona como Radio Vilardevoz, etc) y Casavalle (participaron Clubes de Niños, grupos de adolescentes, policlínicas barriales, entre otros).

En total se emitirán 15 videos realizados en 2013 por grupos de los barrios Goes y Casavalle, así como cortos documentales producidos por Árbol sobre los procesos de algunos de estos colectivos. También se incluirán otros videos comunitarios hechos de forma independiente en Uruguay.

Los programas muestran bien qué representa para los vecinos ver a su comunidad en un video realizado por los jóvenes del barrio. “Un orgullo”, afirma una señora tras la proyección final en la plaza del barrio. “Una experiencia inolvidable, excepcional”, dice un joven “director” sobre la participación de la comunidad en la producción. Y así, compartiendo y pensando juntos cómo contar sus propias historias, los vecinos acaban llegando a lo que realmente importa: el fortalecimiento de su identidad y del sentido de pertenencia.

 

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